Evangelio de Mateo
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¿Quién era Mateo, llamado también Leví? Leemos en el Evangelio que era
cobrador de impuestos y que Jesús hizo de él uno de sus apóstoles
(Mt 9,9 y Mc 2,13).
Está profundamente marcado por una situación conflictiva que enfrentaba
entonces a judíos y cristianos. La comunidad judía, terriblemente
impactada por la guerra con los Romanos en la que fue destruida
su nación, se estaba reorganizando bajo la dirección de los fariseos,
quienes terminaron por decidir la exclusión de todos los judíos
que creían en Jesús y que eran miembros de la comunidad cristiana.
Este Evangelio trata de mostrar que los cristianos no deben preocuparse
si por ahora los rechaza su pueblo. Por el hecho de que la comunidad
judía no reconoció a su Mesías, perdió sus derechos a las promesas
de Dios y Dios se hizo un nuevo pueblo, que es la Iglesia. Mateo
cita numerosos textos del Antiguo Testamento para probar que los
cristianos son los verdaderos herederos del pueblo de la Alianza.
Mateo ha destacado la figura de Jesús como predicador y Maestro
de la Escritura. Se interesa en forma especial por las palabras
de Jesús, que son más numerosas en su Evangelio que en los demás,
y en cambio, cuenta sus gestos y sus milagros del modo más esquemático
posible.
No hay pues que extrañarse de que Mateo haya construido su Evangelio
en torno a cinco "discursos", en los que reunió palabras que Jesús
pronunció en diferentes ocasiones. Estos discursos son:
El Sermón de la montaña: 5, 6 y 7.
Las instrucciones a los misioneros: 10
Las Parábolas del Reino: 13
Las advertencias a la comunidad cristiana: 18
Cómo vivir a la espera del fin de los tiempos: 23, 24 y 25.
A manera de introducción, Mateo puso los dos primeros capítulos
sobre la infancia de Jesús. Son relatos de un carácter especial,
en los que se preocupa muy poco de la historicidad de los hechos,
pues la intención es presentar a través de imágenes una enseñanza
teológica.
Capítulo 1
Genealogía de Jesucristo
(Lc.
3. 23-38) 1:1 Libro de la genealogía de
Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham.
1:2 Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, y Jacob a Judá
y a sus hermanos.
1:3 Judá engendró de Tamar a Fares y a Zara, Fares
a Esrom, y Esrom a Aram.
1:4 Aram engendró a Aminadab, Aminadab a Naasón, y
Naasón a Salmón.
1:5 Salmón engendró de Rahab a Booz, Booz engendró
de Rut a Obed, y Obed a Isa.
1:6 Isaí engendró al rey David, y el rey David engendró
a Salomón de la que fue mujer de Urías.
1:7 Salomón engendró a Roboam, Roboam a Abías,
y Abías a Asa.
1:8 Asa engendró a Josafat, Josafat a Joram, y Joram a Uzías.
1:9 Uzías engendró a Jotam, Jotam a Acaz, y Acaz a
Ezequías.
1:10 Ezequías engendró a Manasés, Manasés
a Amón, y Amón a Josías.
1:11 Josías engendró a Jeconías y a sus hermanos,
en el tiempo de la deportación a Babilonia. 
1:12 Después de la deportación a Babilonia, Jeconías
engendró a Salatiel, y Salatiel a Zorobabel.
1:13 Zorobabel engendró a Abiud, Abiud a Eliaquim, y Eliaquim
a Azor.
1:14 Azor engendró a Sadoc, Sadoc a Aquim, y Aquim a Eliud.
1:15 Eliud engendró a Eleazar, Eleazar a Matán, Matán
a Jacob;
1:16 y Jacob engendró a José, marido de María,
de la cual nació Jesús, llamado el Cristo.
1:17 De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David
son catorce; desde David hasta la deportación
a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia
hasta Cristo, catorce.
Nacimiento de Jesucristo
(Lc. 2. 1-7)
1:18 El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada
María su madre con José,
antes que se juntasen, se halló que había concebido
del Espíritu Santo.
1:19 José su marido, como era justo, y no quería
infamarla, quiso dejarla secretamente.
1:20 Y pensando él en esto, he aquí un ángel
del Señor le apareció en sueños y le dijo:
José, hijo de David, no temas recibir a María tu
mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu
Santo es.
1:21 Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre
JESÚS, porque él salvará a su pueblo de sus
pecados.
1:22 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho
por el Señor por medio del profeta, cuando dijo:
1:23 He aquí, una virgen concebirá
y dará a luz un hijo,
Y llamarás su nombre Emanuel,
que traducido es: Dios con nosotros.
1:24 Y despertando José del sueño, hizo como el
ángel del Señor le había mandado, y recibió
a su mujer.
1:25 Pero no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito;
y le puso por nombre JESÚS.
Capítulo 2
La visita de los magos
2:1 Cuando Jesús nació en Belén de Judea en
días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén
unos magos,
2:2 diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos,
que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos
a adorarle.
2:3 Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén
con él.
2:4 Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas
del pueblo, les preguntó dónde había de nacer
el Cristo.
2:5 Ellos le dijeron: En Belén de Judea; porque así
está escrito por el profeta:
2:6 Y tú, Belén, de la tierra de Judá,
No eres la más pequeña entre los príncipes
de Judá;
Porque de ti saldrá un guiador,
Que apacentará a mi pueblo Israel.
2:7 Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó
de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella;
2:8 y enviándolos a Belén, dijo: Id allá y
averiguad con diligencia acerca del niño; y cuando le halléis,
hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.
2:9 Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí
la estrella que habían visto en el oriente iba delante de
ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño.
2:10 Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo.
2:11 Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre
María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus
tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.
2:12 Pero siendo avisados por revelación en sueños
que no volviesen a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
Matanza de los niños
2:13 Después que partieron ellos, he aquí
un ángel del Señor apareció en sueños
a José y dijo: Levántate y toma al niño y
a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que
yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará
al niño para matarlo.
2:14 Y él, despertando, tomó de noche al niño
y a su madre, y se fue a Egipto,
2:15 y estuvo allá hasta la muerte de Herodes; para que
se cumpliese lo que dijo el Señor por medio del profeta,
cuando dijo: De Egipto llamé a mi Hijo.
2:16 Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se
enojó mucho, y mandó matar a todos los niños
menores de dos años que había en Belén y
en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había
inquirido de los magos.
2:17 Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta
Jeremías, cuando dijo:
2:18 Voz fue oída en Ramá,
Grande lamentación, lloro y gemido;
Raquel que llora a sus hijos,
Y no quiso ser consolada, porque perecieron.
2:19 Pero después de muerto Herodes, he aquí un
ángel del Señor apareció en sueños
a José en Egipto,
2:20 diciendo: Levántate, toma al niño y a su madre,
y vete a tierra de Israel, porque han muerto los que procuraban
la muerte del niño.
2:21 Entonces él se levantó, y tomó al niño
y a su madre, y vino a tierra de Israel.
2:22 Pero oyendo que Arquelao reinaba en Judea en lugar de Herodes
su padre, tuvo temor de ir allá; pero avisado por revelación
en sueños, se fue a la región de Galilea,
2:23 y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret,
para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que habría
de ser llamado nazareno.
Capítulo 3
Predicación de Juan el Bautista
(Mr. 1. 1-8; Lc.
3. 1-9, 15-17; Jn. 1. 19-28)
3:1 En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en
el desierto de Judea,
3:2 y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos
se ha acercado.
3:3 Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías,
cuando dijo:
Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor,
Enderezad sus sendas.
3:4 Y Juan estaba vestido de pelo de camello, y tenía un
cinto de cuero alrededor de sus lomos;
y su comida era langostas y miel silvestre.
3:5 Y salía a él Jerusalén, y toda Judea, y
toda la provincia de alrededor del Jordán,
3:6 y eran bautizados por él en el Jordán, confesando
sus pecados.
3:7 Al ver él que muchos de los fariseos y de los saduceos
venían a su bautismo, les decía: ¡Generación
de víboras!
¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?
3:8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento,
3:9 y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham
tenemos por padre;
porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de
estas piedras.
3:10 Y ya también el hacha está puesta a la raíz
de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen
fruto es cortado y echado en el fuego.
3:11 Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero
el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar,
es más poderoso que yo; él os bautizará en
Espíritu Santo y fuego.
3:12 Su aventador está en su mano, y limpiará su era;
y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja
en fuego que nunca se apagará.
El bautismo de Jesús
(Mr. 1. 9-11; Lc.
3. 21-22)
3:13 Entonces Jesús vino de Galilea a Juan al Jordán,
para ser bautizado por él.
3:14 Mas Juan se le oponía, diciendo: Yo necesito ser bautizado
por ti, ¿y tú vienes a mí?
3:15 Pero Jesús le respondió: Deja
ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia.
Entonces le dejó.
3:16 Y Jesús, después que fue bautizado, subió
luego del agua; y he aquí cielos le fueron abiertos, y
vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma,
y venía sobre él.
3:17 Y hubo una voz de los cielos, que decía: Este es mi
Hijo amado, en quien tengo complacencia.   
Capítulo 4
Tentación de Jesús
(Mr. 1. 12-13; Lc.
4. 1-13)
4:1 Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al
desierto, para ser tentado por el diablo.
4:2 Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta
noches, tuvo hambre.
4:3 Y vino a él el tentador, y le dijo: Si eres Hijo de Dios,
di que estas piedras se conviertan en pan.
4:4 Él respondió y dijo: Escrito
está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino
de toda palabra que sale de la boca de Dios.
4:5 Entonces el diablo le llevó a la santa ciudad, y le puso
sobre el pináculo del templo,
4:6 y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; porque
escrito está:
A sus ángeles mandará acerca de ti,
y,
En sus manos te sostendrán,
Para que no tropieces con tu pie en piedra.
4:7 Jesús le dijo: Escrito está
también: No tentarás al Señor tu Dios.
4:8 Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le
mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos,
4:9 y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares.
4:10 Entonces Jesús le dijo: Vete,
Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios
adorarás, y a él sólo servirás.
4:11 El diablo entonces le dejó; y he aquí vinieron
ángeles y le servían.
Jesús principia su ministerio
(Mr. 1. 14-20; Lc.
4. 14-15; 5. 1-11; 6.
17-19)
4:12 Cuando Jesús oyó que Juan estaba preso, 
volvió a Galilea;
4:13 y dejando a Nazaret, vino y habitó en Capernaum,
ciudad marítima, en la región de Zabulón
y de Neftalí,
4:14 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo:
4:15 Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí,
Camino del mar, al otro lado del Jordán,
Galilea de los gentiles;
4:16 El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz;
Y a los asentados en región de sombra de muerte,
Luz les resplandeció.
4:17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y
a decir: Arrepentíos, porque el reino
de los cielos
se ha acercado.
4:18 Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos,
Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban
la red en el mar; porque eran pescadores.
4:19 Y les dijo: Venid en pos de mí,
y os haré pescadores de hombres.
4:20 Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron.
4:21 Pasando de allí, vio a otros dos hermanos, Jacobo
hijo de Zebedeo, y Juan su hermano, en la barca con Zebedeo su
padre, que remendaban sus redes; y los llamó.
4:22 Y ellos, dejando al instante la barca y a su padre, le siguieron.
4:23 Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando
en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino,
y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
4:24 Y se difundió su fama por toda Siria; y le trajeron
todos los que tenían dolencias, los afligidos por diversas
enfermedades y tormentos, los endemoniados, lunáticos y
paralíticos; y los sanó.
4:25 Y le siguió mucha gente de Galilea, de Decápolis,
de Jerusalén, de Judea y del otro lado del Jordán.
Capítulo 5
El Sermón del monte: Las bienaventuranzas
(Lc. 6. 20-23)
5:1 Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose,
vinieron a él sus discípulos.
5:2 Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
5:3 Bienaventurados los pobres en espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
5:4 Bienaventurados los que lloran,
porque ellos recibirán consolación.
5:5 Bienaventurados los mansos,
porque ellos recibirán la tierra por heredad.
5:6 Bienaventurados los que tienen hambre
y sed
de justicia, porque ellos serán saciados.
5:7 Bienaventurados los misericordiosos, porque
ellos alcanzarán misericordia.
5:8 Bienaventurados los de limpio corazón,
porque ellos verán a Dios.
5:9 Bienaventurados los pacificadores, porque
ellos serán llamados hijos de Dios.
5:10 Bienaventurados los que padecen persecución
por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
5:11 Bienaventurados sois cuando por mi causa
os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros,
mintiendo.
5:12 Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón
es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas
que fueron antes de vosotros.
La sal de la tierra
5:13 Vosotros sois la sal de la tierra;
pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será
salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera
y hollada por los hombres.
La luz del mundo
5:14 Vosotros sois la luz del mundo; una
ciudad asentada sobre un monte
no se puede esconder.
5:15 Ni se enciende una luz y se pone debajo
de un almud, sino
sobre el candelero, 
y alumbra a todos los que están en casa.
5:16 Así alumbre vuestra luz delante
de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen
a vuestro Padre que están los cielos.
Jesús y la ley
5:17 No penséis que he venido para
abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino
para cumplir.
5:18 Porque de cierto os digo que hasta
que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará
de la ley, hasta que todo se haya cumplido.
5:19 De manera que cualquiera que quebrante
uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe
a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino
de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe,
éste será llamado grande en el reino de los cielos.
5:20 Porque os digo que si vuestra justicia
no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis
en el reino de los cielos.
Jesús y la ira
(Lc. 12. 57-59)
5:21 Oísteis que fue dicho a los
antiguos: No matarás;  y
cualquiera que matare será culpable de juicio.
5:22 Pero yo os digo que cualquiera que
se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y
cualquiera que diga: Necio, a su hermano, será culpable
ante el concilio; y cualquiera que le diga: Fatuo, quedará
expuesto al infierno de fuego.
5:23 Por tanto, si traes tu ofrenda al altar,
y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra
ti,
5:24 deja allí tu ofrenda delante
del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano,
y entonces ven y presenta tu ofrenda.
5:25 Ponte de acuerdo con tu adversario
pronto, entre tanto que estás con él en el camino,
no sea que el adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil,
y seas echado en la cárcel.
5:26 De cierto te digo que no saldrás
de allí, hasta que pagues el último cuadrante.
Jesús y el adulterio
5:27 Oísteis que fue dicho: No cometerás
adulterio.
5:28 Pero yo os digo que cualquiera que
mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella
en su corazón.
5:29 Por tanto, si tu ojo derecho te es
ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti;
pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo
tu cuerpo sea echado al infierno.
5:30 Y si tu mano derecha te es ocasión
de caer, córtala, y échala de ti; pues mejor te
es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo
sea echado al infierno.
Jesús y el divorcio
5:31 También fue dicho: Cualquiera
que repudie a su mujer, dele carta de divorcio. 
5:32 Pero yo os digo que el que repudia
a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que
ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio.  
Jesús y los juramentos
5:33 Además habéis oído
que fue dicho a los antiguos: No perjurarás,
sino cumplirás al Señor tus juramentos.
5:34 Pero yo os digo: No juréis en
ninguna manera; ni
por el cielo, porque es el trono de Dios;
5:35 ni por la tierra, porque es el estrado
de sus pies;
ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey.
5:36 Ni por tu cabeza jurarás, porque
no puedes hacer blanco o negro un solo cabello.
5:37 Pero sea vuestro hablar: Sí,
sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal
procede.
El amor hacia los enemigos
(Lc. 6. 27-36)
5:38 Oísteis que fue dicho: Ojo
por ojo, y diente por diente. 
5:39 Pero yo os digo: No resistáis
al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla
derecha, vuélvele también la otra;
5:40 y al que quiera ponerte a pleito y
quitarte la túnica, déjale también la capa;
5:41 y a cualquiera que te obligue a llevar
carga por una milla, vecon
él dos.
5:42 Al que te pida, dale; y al que quiera
tomar de ti prestado, no se lo rehúses.
5:43 Oísteis que fue dicho: Amarás
a tu prójimo,
y aborrecerás a tu enemigo.
5:44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos,
bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen,
y orad por los que os ultrajan y os persiguen;
5:45 para que seáis hijos de vuestro
Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre
malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.
5:46 Porque si amáis a los que os
aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No
hacen también lo mismo los publicanos?
5:47 Y si saludáis a vuestros hermanos
solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No
hacen también así los gentiles?
5:48 Sed, pues, vosotros perfectos, como
vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.
Capítulo 6
Jesús y la limosna
6:1 Guardaos de hacer vuestra justicia delante
de los hombres, para ser vistos de ellos;
de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que
está en los cielos.
6:2 Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar
trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las
sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres; de
cierto os digo que ya tienen su recompensa.
6:3 Mas cuando tú des limosna, no sepa
tu izquierda lo que hace tu derecha,
6:4 para que sea tu limosna en secreto; y
tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.
Jesús y la oración
(Lc. 11. 2-4)
6:5 Y cuando ores, no seas como los hipócritas;
porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas
de las calles, para ser vistos de los hombres;
de cierto os digo que ya tienen su recompensa.
6:6 Mas tú, cuando ores, entra en
tu aposento, y cerrada la puerta,
ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en
lo secreto te recompensará en público.
6:7 Y orando, no uséis vanas repeticiones,
como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán
oídos.
6:8 No os hagáis, pues, semejantes
a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis
necesidad, antes que vosotros le pidáis.
6:9 Vosotros, pues, oraréis así:
Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea
tu nombre.
6:10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad,
como en el cielo, así también en la tierra.
6:11 El pan nuestro de cada día,
dánoslo hoy.
6:12 Y perdónanos nuestras deudas,
como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
6:13 Y no nos metas en tentación,
mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder,
y la gloria,
por todos los siglos. Amén.
6:14 Porque si perdonáis a los hombres
sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro
Padre celestial;
6:15 mas si no perdonáis a los hombres
sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras
ofensas.
Jesús y el ayuno
6:16 Cuando ayunéis, no seáis
austeros, como los hipócritas; porque ellos demudan sus
rostros para mostrar a los hombres que ayunan; de cierto os digo
que ya tienen su recompensa.
6:17 Pero tú, cuando ayunes, unge
tu cabeza y lava tu rostro,
6:18 para no mostrar a los hombres que ayunas,
sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve
en lo secreto te recompensará en público.
Tesoros en el cielo
(Lc. 12. 32-34)
6:19 No os hagáis tesoros en la
tierra, donde la polilla y el orín corrompen,
y donde ladrones minan y hurtan;
6:20 sino haceos tesoros en el cielo, donde
ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no
minan ni hurtan.
6:21 Porque donde esté vuestro tesoro,
allí estará también vuestro corazón.
La lámpara del cuerpo
(Lc. 11. 33-36)
6:22 La lámpara del cuerpo es el
ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará
lleno de luz;
6:23 pero si tu ojo es maligno, todo tu
cuerpo estaráen tinieblas. Así que, si la luz que
en ti hay es tinieblas, ¿cuántas no serán
las mismas tinieblas?
Dios y las riquezas
6:24 Ninguno puede servir a dos señores;
porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará
al uno y menospreciará al otro. No podéis servir
a Dios y a las riquezas.
El afán y la ansiedad
(Lc. 12. 22-31)
6:25 Por tanto os digo: No os afanéis
por vuestra vida, qué habéis de comer o qué
habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis
de vestir. ¿No es la vida más que el alimento, y
el cuerpo más que el vestido?
6:26 Mirad las aves del cielo, que no siembran,
ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las
alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que
ellas?
6:27 ¿Y quién de vosotros
podrá, por mucho que se afane, añadir a su estatura
un codo?
6:28 Y
por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad
los lirios del campo, cómo crecen: no trabajan ni hilan;
6:29 pero os digo, que ni aun Salomón
con toda su gloria
se vistió así como uno de ellos.
6:30 Y si la hierba del campo que hoy es,
y mañana se echa en el horno, Dios la viste así,
¿no hará mucho más a vosotros, hombres de
poca fe?
6:31 No os afanéis, pues, diciendo:
¿Qué comeremos, o qué beberemos, o qué
vestiremos?
6:32 Porque los gentiles buscan todas estas
cosas; pero vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad
de todas estas cosas.
6:33 Mas buscad primeramente el reino de
Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.
6:34 Así que, no os afanéis
por el día de mañana, porque el día de mañana
traerá su afán. Basta a cada día su propio
mal.
Capítulo 7
El juzgar a los demás
(Lc. 6. 37-38, 41-42)
7:1 No juzguéis, para que no seáis
juzgados.
7:2 Porque con el juicio con que juzgáis,
seréis juzgados, y con la medida con que medís, os
será medido.
7:3 ¿Y por qué miras la paja
que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga
que está en tu propio ojo?
7:4 ¿O cómo dirás a tu
hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí
la viga en el ojo tuyo?
7:5 ¡Hipócrita! saca primero
la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar
la paja del ojo de tu hermano.
7:6 No deis lo santo a los perros, ni echéis
vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las pisoteen,
y se vuelvan y os despedacen.
La oración, y la regla de oro
(Lc. 11. 9-13; 6. 31)
7:7 Pedid, y se os dará; buscad,
y hallaréis; llamad, y se os abrirá.
7:8 Porque todo aquel que pide, recibe;
y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá.
7:9 ¿Qué hombre hay de vosotros,
que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?
7:10 ¿O si le pide un pescado, le
dará una serpiente?
7:11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis
dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto
más vuestro Padre que está en los cielos dará
buenas cosas a los que le pidan?
7:12 Así que, todas las cosas que
queráis que los hombres hagan con vosotros, así
también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley
y los profetas.
La puerta estrecha
(Lc. 13. 24)
7:13 Entrad por la puerta estrecha; porque
ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición,
y muchos son los que entran por ella;
7:14 porque estrecha es la puerta, y angosto
el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.
Por sus frutos los conoceréis
(Lc. 6. 43-44)
7:15 Guardaos de los falsos profetas, que
vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son
lobos rapaces.
7:16 Por sus frutos los conoceréis.
¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos?
7:17 Así, todo buen árbol
da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos.
7:18 No puede el buen árbol dar malos
frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos.
7:19 Todo árbol que no da buen fruto,
es cortado y echado en el fuego.
7:20 Así que, por sus frutos los
conoceréis.
Nunca os conocí
(Lc. 13. 25-27)
7:21 No todo el que me dice: Señor,
Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el
que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.
7:22 Muchos me dirán en aquel día:
Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre,
y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos
muchos milagros?
7:23 Y entonces les declararé: Nunca
os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.
Los dos cimientos
(Lc. 6. 46-49)
7:24 Cualquiera, pues, que me oye estas
palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente,
que edificó su casa sobre la roca.
7:25 Descendió lluvia, y vinieron
ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa;
y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.
7:26 Pero cualquiera que me oye estas palabras
y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que
edificó su casa sobre la arena;
7:27 y descendió lluvia, y vinieron
ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra
aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.
7:28 Y cuando terminó Jesús
estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina;
7:29 porque les enseñaba como quien
tiene autoridad, y no como los escribas.
Capítulo 8
Jesús sana a un leproso
(Mr. 1. 40-45; Lc.
5. 12-16)
8:1 Cuando descendió Jesús del monte, le seguía
mucha gente.
8:2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él,
diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
8:3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo:
Quiero; sé limpio.
Y al instante su lepra desapareció.
8:4 Entonces Jesús le dijo: Mira, no
lo digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta
la ofrenda que ordenó Moisés,
para testimonio a ellos.
Jesús sana al siervo de un centurión
(Lc. 7. 1-10)
8:5 Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión,
rogándole,
8:6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en
casa, paralítico, gravemente atormentado.
8:7 Y Jesús le dijo: Yo iré
y le sanaré.
8:8 Respondió el centurión y dijo: Señor,
no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente dí
la palabra, y mi criado sanará.
8:9 Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo
bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y
va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
8:10 Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo
a los que le seguían: De cierto os
digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe.
8:11 Y os digo que vendrán muchos
del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham
e Isaac y Jacob en el reino de los cielos;
8:12 mas los hijos del reino serán
echados a las tinieblas de afuera; allí será el
lloro y el crujir de dientes. 
8:13 Entonces Jesús dijo al centurión: Ve,
y como creíste, te sea hecho.
Y su criado fue sanado en aquella misma hora.
Jesús sana a la suegra de Pedro
(Mr. 1. 29-34; Lc.
4. 38-41)
8:14 Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de
éste postrada en cama, con fiebre.
8:15 Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella
se levantó, y les servía.
8:16 Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos
endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios,
y sanó a todos los enfermos;
8:17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó
nuestras dolencias.
Los que querían seguir a Jesús
(Lc. 9. 57-62)
8:18 Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó
pasar al otro lado.
8:19 Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera
que vayas.
8:20 Jesús le dijo: Las zorras tienen
guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no
tiene dónde recostar su cabeza.
8:21 Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme
que vaya primero y entierre a mi padre.
8:22 Jesús le dijo: Sígueme;
deja que los muertos entierren a sus muertos.
Jesús calma la tempestad
(Mr. 4. 35-41; Lc.
8. 22-25)
8:23 Y entrando él en la barca, sus discípulos
le siguieron.
8:24 Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad
tan grande que las olas cubrían la barca; pero él
dormía.
8:25 Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo:
¡Señor, sálvanos, que perecemos!
8:26 El les dijo: ¿Por qué
teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose,
reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.
8:27 Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué
hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?
Los endemoniados gadarenos
(Mr. 5. 1-20; Lc.
8. 26-39)
8:28 Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los
gadarenos, vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían
de los sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía
pasar por aquel camino.
8:29 Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros,
Jesús, Hijo de Dios? ¿Has venido acá para
atormentarnos antes de tiempo?
8:30 Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos.
8:31 Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera, permítenos
ir a aquel hato de cerdos.
8:32 El les dijo: Id.
Y ellos salieron, y se fueron a aquel hato de cerdos; y he aquí,
todo el hato de cerdos se precipitó en el mar por un despeñadero,
y perecieron en las aguas.
8:33 Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad,
contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los
endemoniados.
8:34 Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús;
y cuando le vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.
Capítulo 9
Jesús sana a un paralítico
(Mr. 2. 1-12; Lc.
5. 17-26)
9:1 Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al
otro lado y vino a su ciudad.
9:2 Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido
sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico:
Ten ánimo, hijo; tus pecados te son
perdonados.
9:3 Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí:
Este blasfema.
9:4 Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por
qué pensáis mal en vuestros corazones?
9:5 Porque, ¿qué es más
fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate
y anda?
9:6 Pues para que sepáis que el Hijo
del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados
(dice entonces al paralítico): Levántate,
toma tu cama, y vete a tu casa.
9:7 Entonces él se levantó y se fue a su casa.
9:8 Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó
a Dios, que había dado tal potestad a los hombres.
Llamamiento de Mateo
( Mr. 2. 13-17; Lc.
5. 27-32)
9:9 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado
Mateo, que estaba sentado al banco de los tributos públicos,
y le dijo: Sígueme. Y se levantó
y le siguió.
9:10 Y aconteció que estando él sentado a la mesa
en la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores,
que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con
Jesús y sus discípulos.
9:11 Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos:
¿Porqué come vuestro Maestro con los publicanos
y pecadores?
9:12 Al oír esto Jesús, les dijo: Los
sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
9:13 Id, pues, y aprended lo que significa:
Misericordia quiero, y no sacrificio.
Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.
La pregunta sobre el ayuno
(Mr. 2. 18-22; Lc.
5. 33-39)
9:14 Entonces vinieron a él los discípulos de Juan,
diciendo: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos
muchas veces, y tus discípulos no ayunan?
9:15 Jesús les dijo: ¿Acaso
pueden los que están de bodas tener luto entre tanto que
el esposo está con ellos? Pero vendrán días
cuando el esposo les será quitado, y entonces ayunarán.
9:16 Nadie pone remiendo de paño
nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido,
y se hace peor la rotura.
9:17 Ni echan vino nuevo en odres viejos;
de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los
odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y
lo uno y lo otro se conservan juntamente.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
(Mr. 5. 21-43; Lc.
8. 40-56)
9:18 Mientras él les decía estas cosas, vino un
hombre principal y se postró ante él, diciendo:
Mi hija acaba de morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá.
9:19 Y se levantó Jesús, y le siguió con
sus discípulos.
9:20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde
hacía doce años, se le acercó por detrás
y tocó el borde de su manto;
9:21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente
su manto, seré salva.
9:22 Pero Jesús, volviéndose y mirándola,
dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha
salvado. Y
la mujer fue salva desde aquella hora.
9:23 Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a
los que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto,
9:24 les dijo: Apartaos, porque la niña
no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él.
9:25 Pero cuando la gente había sido echada fuera, entró,
y tomó de la mano a la niña, y ella se levantó.
9:26 Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra.
Dos ciegos reciben la vista
9:27 Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos,
dando voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo
de David!
9:28 Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús
les dijo: ¿Creéis que puedo
hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor.
9:29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme
a vuestra fe os sea hecho.
9:30 Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó
rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie
lo sepa.
9:31 Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda
aquella tierra.
Un mudo habla
9:32 Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron
un mudo, endemoniado.
9:33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente
se maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante
en Israel.
9:34 Pero los fariseos decían: Por el príncipe de
los demonios echa fuera los demonios.  
La mies es mucha
9:35 Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas,
enseñando en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio
del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. 
9:36 Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas;
porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen
pastor.  
9:37 Entonces dijo a sus discípulos: A
la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos.
9:38 Rogad, pues, al Señor de la
mies, que envíe obreros a su mies.
Capítulo 10
Elección de los doce apóstoles
(Mr. 3. 13-19; Lc.
6. 12-16)
10:1 Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad
sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera,
y para sanar toda enfermedad y toda dolencia.
10:2 Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero
Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo
hijo de Zebedeo, y Juan su hermano;
10:3 Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano,
Jacobo hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo,
10:4 Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también
le entregó.
Misión de los doce
(Mr. 6. 7-13; Lc.
9. 1-6)
10:5 A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones,
diciendo: Por camino de gentiles no vayáis,
y en ciudad de samaritanos no entréis,
10:6 sino id antes a las ovejas perdidas
de la casa de Israel.
10:7 Y yendo, predicad, diciendo: El reino
de los cielos se ha acercado.
10:8 Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad
muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.
10:9 No os proveáis de oro, ni plata,
ni cobre en vuestros cintos;
10:10 ni de alforja para el camino, ni de
dos túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque
el obrero es digno de su alimento.
10:11 Mas en cualquier ciudad o aldea donde
entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad
allí hasta que salgáis.
10:12 Y al entrar en la casa, saludadla.
10:13 Y si la casa fuere digna, vuestra
paz vendrá sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz
se volverá a vosotros.
10:14 Y si alguno no os recibiere, ni oyere
vuestras palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el
polvo de vuestros pies.
10:15 De cierto os digo que en el día
del juicio, será más tolerable el castigo para la
tierra de Sodoma y de Gomorra,
que para aquella ciudad.
Persecuciones venideras
10:16 He aquí, yo os envío
como a ovejas en medio de lobos;
sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.
10:17 Y guardaos de los hombres, porque
os entregarán a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán;
10:18 y aun ante gobernadores y reyes seréis
llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los
gentiles.
10:19 Mas cuando os entreguen, no os preocupéis
por cómo o qué hablaréis; porque en aquella
hora os será dado lo que habéis de hablar.
10:20 Porque no sois vosotros los que habláis,
sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.
10:21 El hermano entregará a la muerte
al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán
contra los padres, y los harán morir. 
10:22 Y seréis aborrecidos de todos
por causa de mi nombre; 
mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.
10:23 Cuando os persigan en esta ciudad,
huid a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis
de recorrer todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo
de Hombre.
10:24 El discípulo no es más
que su maestro,
ni el siervo más que su señor.
10:25 Bástale al discípulo
ser como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre
de familia llamaron Beelzeb,  
¿cuánto más a los de su casa?
A quién se debe temer
(Lc. 12. 2-9)
10:26 Así que, no los temáis;
porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni
oculto, que no haya de saberse.
10:27 Lo que os digo en tinieblas, decidlo
en la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde
las azoteas.
10:28 Y no temáis a los que matan
el cuerpo, mas el alma no pueden matar; temed más bien
a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.
10:29 ¿No se venden dos pajarillos
por un cuarto?
Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.
10:30 Pues aun vuestros cabellos están
todos contados.
10:31 Así que, no temáis;
más valéis vosotros que muchos pajarillos.
10:32 A cualquiera, pues, que me confiese
delante de los hombres, yo también le confesaré
delante de mi Padre que está en los cielos.
10:33 Y a cualquiera que me niegue delante
de los hombres, yo también le negaré delante de
mi Padre que está en los cielos.
Jesús, causa de división
(Lc. 12. 49-53; 14.
26-27)
10:34 No penséis que he venido para
traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.
10:35 Porque he venido para poner en disensión
al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera
contra su suegra;
10:36 y los enemigos del hombre serán
los de su casa.
10:37 El que ama a padre o madre más
que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o
hija más que a mí, no es digno de mí;
10:38 y el que no toma su cruz y sigue en
pos de mí, no es digno de mí. 
10:39 El que halla su vida, la perderá;
y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.   
Recompensas
(Mr. 9. 41)
10:40 El que a vosotros recibe,
a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe
al que me envió.
10:41 El que recibe a un profeta por cuanto
es profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe
a un justo por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá.
10:42 Y cualquiera que dé a uno de
estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente,
por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá
su recompensa.
Capítulo 11
Los mensajeros de Juan el Bautista
(Lc. 7. 18-35)
11:1 Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus
doce discípulos, se fue de allí a enseñar y
a predicar en las ciudades de ellos.
11:2 Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo,
le envió dos de sus discípulos,
11:3 para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había
de venir, o esperaremos a otro?
11:4 Respondiendo Jesús, les dijo: Id,
y haced saber a Juan las cosas que oís y veis.
11:5 Los ciegos ven, los cojos andan, los
leprosos son limpiados, los sordos oyen,
los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;
11:6 y bienaventurado es el que no halle tropiezo
en mí.
11:7 Mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir
de Juan a la gente: ¿Qué salisteis
a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?
11:8 ¿O qué salisteis a ver?
¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí,
los que llevan vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están.
11:9 Pero ¿qué salisteis a ver?
¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.
11:10 Porque éste es de quien está
escrito:
He aquí, yo envío mi
mensajero delante de tu faz,
El cual preparará tu camino
delante de ti.
11:11 De cierto os digo: Entre los que nacen
de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero
el más pequeño en el reino de los cielos, mayor es
que él.
11:12 Desde los días de Juan el Bautista
hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos
lo arrebatan.
11:13 Porque todos los profetas y la ley profetizaron
hasta Juan.
11:14 Y si queréis recibirlo, él
es aquel Elías que había de venir. 
11:15 El que tiene oídos para oír,
oiga.
11:16 Mas ¿a qué compararé
esta generación? Es semejante a los muchachos que se sientan
en las plazas, y dan voces a sus compañeros,
11:17 diciendo: Os tocamos flauta, y no bailasteis;
os endechamos, y no lamentasteis.
11:18 Porque vino Juan, que ni comía
ni bebía, y dicen: Demonio tiene.
11:19 Vino el Hijo del Hombre, que come y
bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor
de vino, amigo de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría
es justificada por sus hijos.
Ayes sobre las ciudades impenitentes
(Lc. 10. 13-16)
11:20 Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en
las cuales había hecho muchos de sus milagros, porque no
se habían arrepentido, diciendo:
11:21 Ay de ti, Corazín! Ay de ti,
Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón     se
hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo
ha que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza.
11:22 Por tanto os digo que en el día
del juicio, será más tolerable el castigo para Tiro
y para Sidón, que para vosotras.
11:23 Y tú, Capernaum, que eres levantada
hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida;
porque si en Sodoma
se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría
permanecido hasta el día de hoy.
11:24 Por tanto os digo que en el día
del juicio, será más tolerable el castigo para la
tierra de Sodoma,
que para ti.
Venid a mí y descansad
(Lc. 10. 21-22)
11:25 En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te
alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste
estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste
a los niños.
11:26 Sí, Padre, porque así
te agradó.
11:27 Todas las cosas me fueron entregadas
por mi Padre;
y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno,
sino el Hijo,
y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
11:28 Venid a mí todos los que estáis
trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
11:29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended
de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis
descanso para vuestras almas;
11:30 porque mi yugo es fácil, y
ligera mi carga.
Capítulo 12
Los discípulos recogen espigas en
el día de reposo
(Mr. 2. 23-28; Lc.
6. 1-5)
12:1 En aquel tiempo iba Jesús por los sembrados en un día
de reposo; y sus discípulos tuvieron hambre, y comenzaron
a arrancar espigas
y a comer.
12:2 Viéndolo los fariseos, le dijeron: He aquí tus
discípulos hacen lo que no es lícito hacer en el día
de reposo.
12:3 Pero él les dijo: ¿No habéis
leído lo que hizo David, cuando él y los que con él
estaban tuvieron hambre;
12:4 cómo entró en la casa de
Dios, y comió los panes de la proposición,
que no les era lícito comer ni a él ni a los que con
él estaban, sino solamente a los sacerdotes?
12:5 ¿O no habéis leído
en la ley, cómo en el día de reposo los sacerdotes
en el templo profanan el día de reposo, y son sin culpa?
12:6 Pues os digo que uno mayor que el templo
está aquí.
12:7 Y si supieseis qué significa:
Misericordia quiero, y no sacrificio,
no condenaríais a los inocentes;
12:8 porque el Hijo del Hombre es Señor
del día de reposo.
El hombre de la mano seca
(Mr. 3. 1-6; Lc.
6. 6-11)
12:9 Pasando de allí, vino a la sinagoga de ellos.
12:10 Y he aquí había allí uno que tenía
seca una mano; y preguntaron a Jesús, para poder acusarle:
¿Es lícito sanar en el día de reposo?
12:11 El les dijo: ¿Qué hombre
habrá de vosotros, que tenga una oveja, y si ésta
cayere en un hoyo en día de reposo, no le eche mano, y
la levante?
12:12 Pues ¿cuánto más
vale un hombre que una oveja? Por consiguiente, es lícito
hacer el bien en los días de reposo.
12:13 Entonces dijo a aquel hombre: Extiende
tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada
sana como la otra.
12:14 Y salidos los fariseos, tuvieron consejo contra Jesús
para destruirle.
El siervo escogido
12:15 Sabiendo esto Jesús, se apartó de allí;
y le siguió mucha gente, y sanaba a todos,
12:16 y les encargaba rigurosamente que no le descubriesen;
12:17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo:
12:18 He aquí mi siervo, a quien he escogido;
Mi Amado, en quien se agrada mi alma;
Pondré mi Espíritu sobre él,
Y a los gentiles anunciará juicio.
12:19 No contenderá, ni voceará,
Ni nadie oirá en las calles su voz.
12:20 La caña cascada no quebrará,
Y el pábilo que humea no apagará,
Hasta que saque a victoria el juicio.
12:21 Y en su nombre esperarán los gentiles.
La blasfemia contra el Espíritu Santo
(Mr. 3. 20-30; Lc.
11. 14-23)
12:22 Entonces fue traído a él un endemoniado,
ciego y mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo
veía y hablaba.
12:23 Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será
éste aquel Hijo de David?
12:24 Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no
echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe
de los demonios.
12:25 Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo:
Todo reino dividido contra sí mismo,
es asolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma,
no permanecerá.
12:26 Y si Satanás echa fuera a Satanás,
contra sí mismo está dividido; ¿cómo,
pues, permanecerá su reino?
12:27 Y si yo echo fuera los demonios por
Beelzebú, ¿por quién los echan vuestros hijos?
Por tanto, ellos serán vuestros jueces.
12:28 Pero si yo por el Espíritu
de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros
el reino de Dios.
12:29 Porque ¿cómo puede alguno
entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si
primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa.
12:30 El que no es conmigo, contra mí
es;
y el que conmigo no recoge, desparrama.
12:31 Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia
será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el
Espíritu no les será perdonada.
12:32 A cualquiera que dijere alguna palabra
contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que
hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado,
ni en este siglo ni en el venidero.
12:33 O haced el árbol bueno, y su
fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque
por el fruto se conoce el árbol.
12:34 ¡Generación de víboras! 
¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos?
Porque de la abundancia del corazón habla la boca.
12:35 El hombre bueno, del buen tesoro del
corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro
saca malas cosas.
12:36 Mas yo os digo que de toda palabra
ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en
el día del juicio.
12:37 Porque por tus palabras serás
justificado, y por tus palabras serás condenado.
La generación perversa demanda señal
(Lc. 11. 29-32)
12:38 Entonces respondieron algunos de los escribas y de los
fariseos, diciendo: Maestro, deseamos ver de ti señal. 
12:39 El respondió y les dijo: La
generación mala y adúltera demanda señal;
pero señal no le será dada, sino la señal
del profeta Jonás.
12:40 Porque como estuvo Jonás en
el vientre del gran pez tres días y tres noches,
así estará el Hijo del Hombre en el corazón
de la tierra tres días y tres noches.
12:41 Los hombres de Nínive se levantarán
en el juicio con esta generación, y la condenarán;
porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás,
y he aquí más que Jonás en este lugar.
12:42 La reina del Sur se levantaráen
el juicio con esta generación, y la condenará; porque
ella vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría
de Salomón,
y he aquí más que Salomón en este lugar.
El espíritu inmundo que vuelve
(Lc. 11. 24-26)
12:43 Cuando el espíritu inmundo
sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no
lo halla.
12:44 Entonces dice: Volveré a mi
casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada,
barrida y adornada.
12:45 Entonces va, y toma consigo otros
siete espíritus peores que él, y entrados, moran
allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor
que el primero. Así también acontecerá a
esta mala generación.
La madre y los hermanos de Jesús
(Mr. 3. 31-35; Lc.
8. 19-21)
12:46 Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí
su madre y sus hermanos estaban afuera, y le
querían hablar.
12:47 Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están
afuera, y te quieren hablar.
12:48 Respondiendo él al que le decía esto, dijo:
¿Quién es mi madre, y quiénes
son mis hermanos?
12:49 Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo:
He aquí mi madre y mis hermanos.
12:50 Porque todo aquel que hace la voluntad
de mi Padre que los cielos, ése es mi hermano, y hermana,
y madre.
Capítulo 13
Parábola del sembrador
(Mr. 4. 1-9; Lc.
8. 4-8)
13:1 Aquel día salió Jesús de la casa y se
sentó unto al mar.
13:2 Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la
barca, se sentó,
y toda la gente estaba en la playa.
13:3 Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo:
He aquí, el sembrador salió
a sembrar.
13:4 Y mientras sembraba, parte de la semilla
cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.
13:5 Parte cayó en pedregales, donde
no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía
profundidad de tierra;
13:6 pero salido el sol, se quemó;
y porque no tenía raíz, se secó.
13:7 Y parte cayó entre espinos; y
los espinos crecieron, y la ahogaron.
13:8 Pero parte cayó en buena tierra,
y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál
a treinta por uno.
13:9 El que tiene oídos para oír,
oiga.
Propósito de las parábolas
(Mr. 4. 10-12; Lc.
8. 9-10)
13:10 Entonces, acercándose los discípulos, le
dijeron: ¿Por qué les hablas por parábolas?
13:11 El respondiendo, les dijo: Porque
a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos;
mas a ellos no les es dado.
13:12 Porque a cualquiera que tiene, se
le dará, y tendrá más; pero al que no tiene,
aun lo que tiene le será quitado.  
13:13 Por eso les hablo por parábolas:
porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.
13:14 De manera que se cumple en ellos la
profecía de Isaías, que dijo:
De oído oiréis, y no entenderéis;
Y viendo veréis, y no percibiréis.
13:15 Porque el corazón de este
pueblo se ha engrosado,
Y con los oídos oyen pesadamente,
Y han cerrado sus ojos;
Para que no vean con los ojos,
Y oigan con los oídos,
Y con el corazón entiendan,
Y se conviertan,
Y yo los sane.
13:16 Pero bienaventurados vuestros ojos,
porque ven; y vuestros oídos, porque oyen.
13:17 Porque de cierto os digo, que muchos
profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y
oír lo que oís, y no lo oyeron.
Jesús explica la parábola del sembrador
(Mr. 4. 13-20; Lc.
8. 11-15)
13:18 Oíd, pues, vosotros la parábola
del sembrador:
13:19 Cuando alguno oye la palabra del reino
y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado
en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.
13:20 Y el que fue sembrado en pedregales,
éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con
gozo;
13:21 pero no tiene raíz en sí,
sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción
o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.
13:22 El que fue sembrado entre espinos,
éste es el que oye la palabra, pero el afán de este
siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y
se hace infructuosa.
13:23 Mas el que fue sembrado en buena tierra,
éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y
produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.
Parábola del trigo y la cizaña
13:24 Les refirió otra parábola, diciendo: El
reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró
buena semilla en su campo;
13:25 pero mientras dormían los hombres,
vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo,
y se fue.
13:26 Y cuando salió la hierba y
dio fruto, entonces apareció también la cizaña.
13:27 Vinieron entonces los siervos del
padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste
buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene
cizaña?
13:28 El les dijo: Un enemigo ha hecho esto.
Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y
la arranquemos?
13:29 El les dijo: No, no sea que al arrancar
la cizaña, arranquéis también con ella el
trigo.
13:30 Dejad crecer juntamente lo uno y lo
otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a
los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos
para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero.
Parábola de la semilla de mostaza
(Mr. 4. 30-32; Lc.
13. 18-19)
13:31 Otra parábola les refirió, diciendo: El
reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre
tomó y sembró en su campo;
13:32 el cual a la verdad es la más
pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido,
es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal
manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas.
Parábola de la levadura
(Lc. 13. 20-21)
13:33 Otra parábola les dijo: |