Evangelio de Lucas
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Lucas, médico sirio,
se convirtió a la fe cristiana cuando los primeros misioneros
salieron de las comunidades de Jerusalén y de Cesarea para llevar
el Evangelio más allá de las fronteras del país judío. Luego dejó
su patria para acompañar al apóstol Pablo (Hechos 16,10).
Llegó a Roma, capital del mundo entonces conocido, donde permaneció
durante dos años, por lo menos, y se encontró con Pedro y Marcos,
que predicaban entre los cristianos de Roma.
Cuando escribió su Evangelio, hacia el año 70, tenía ante su vista
varios escritos que contenían hechos y milagros de Jesús, los
mismos que usaron Marcos y Mateo; pero también había recogido
durante sus viajes otros relatos que provenían de los primeros
discípulos de Jesús, y que guardaban las iglesias más antiguas
de Jerusalén y de Cesarea.
De ahí provienen los dos primeros capítulos de su Evangelio, en
que nos habla de la infancia de Jesús, a partir de datos que le
debió proporcionar su madre, María.
Lucas era de cultura griega y escribía
para griegos. No reprodujo, como Marcos y Mateo, detalles que
se referían a leyes y costumbres judías, pues no habrían sido
entendibles para sus lectores.
Lucas veía en el Evangelio la fuerza que reconcilia a los hombres
con Dios y a los hombres entre sí. Por eso se preocupó de transmitirnos
las parábolas de la misericordia y las palabras que condenan el
dinero, factor de división entre los hombres. Asimismo notó el
trato tan sencillo de Jesús con las mujeres, en un mundo que las
mantenía totalmente marginadas.
El evangelio de Lucas consta de
tres partes: - El ministerio de Jesús en Galilea: 3,1-9,56
- El viaje a Jerusalén: 9,57-18,17
- La llegada a Jerusalén y la Pasión: 18,18-23
El último capítulo sobre las apariciones de Jesús resucitado era
como una invitación a leer el libro de los Hechos, que es la continuación
del Evangelio de Lucas.
Capítulo 1
Dedicatoria a Teófilo
1:1 Puesto que ya muchos han tratado de poner en orden la historia
de las cosas que entre nosotros han sido ciertísimas,
1:2 tal como nos lo enseñaron los que desde el principio
lo vieron con sus ojos, y fueron ministros de la palabra,
1:3 me ha parecido también a mí, después
de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen,
escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo,
1:4 para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales
has sido instruido.
Anuncio del nacimiento de Juan
1:5 Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote
llamado Zacarías, de la clase de Abías;
su mujer era de las hijas de Aarón, y se llamaba Elisabet.
1:6 Ambos eran justos delante de Dios, y andaban irreprensibles
en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor.
1:7 Pero no tenían hijo, porque Elisabet era estéril,
y ambos eran ya de edad avanzada.
1:8 Aconteció que ejerciendo Zacarías el sacerdocio
delante de Dios según el orden de su clase,
1:9 conforme a la costumbre del sacerdocio, le tocó en
suerte ofrecer el incienso, entrando en el santuario del Señor.
1:10 Y toda la multitud del pueblo estaba fuera orando a la hora
del incienso.
1:11 Y se le apareció un ángel del Señor
puesto en pie a la derecha del altar del incienso.
1:12 Y se turbó Zacarías al verle, y le sobrecogió
temor.
1:13 Pero el ángel le dijo: Zacarías, no temas;
porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet
te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan.
1:14 Y tendrás gozo y alegría, y muchos se regocijarán
de su nacimiento;
1:15 porque será grande delante de Dios. No beberá
vino ni sidra,
y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre
de su madre.
1:16 Y hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan
al Señor Dios de ellos.
1:17 E irá delante de él con el espíritu
y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de
los padres a los hijos,
y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar
al Señor un pueblo bien dispuesto.
1:18 Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué
conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad
avanzada.
1:19 Respondiendo el ángel, le dijo: Yo soy Gabriel,
que estoy delante de Dios; y he sido enviado a hablarte, y darte
estas buenas nuevas.
1:20 Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta
el día en que esto se haga, por cuanto no creíste
mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.
1:21 Y el pueblo estaba esperando a Zacarías, y se extrañaba
de que él se demorase en el santuario.
1:22 Pero cuando salió, no les podía hablar; y comprendieron
que había visto visión en el santuario. El les hablaba
por señas, y permaneció mudo.
1:23 Y cumplidos los días de su ministerio, se fue a su
casa.
1:24 Después de aquellos días concibió su
mujer Elisabet, y se recluyó en casa por cinco meses, diciendo:
1:25 Así ha hecho conmigo el Señor en los días
en que se dignó quitar mi afrenta entre los hombres.
Anuncio del nacimiento de Jesús
1:26 Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios
a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,
1:27 a una virgen desposada con un varón que se llamaba
José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era
María.
1:28 Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve,
muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú
entre las mujeres.
1:29 Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras,
y pensaba qué salutación sería esta.
1:30 Entonces el ángel le dijo: María, no temas,
porque has hallado gracia delante de Dios.
1:31 Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás
a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS.
1:32 Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo;
y el Señor Dios le dará el trono de David su padre;
1:33 y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su
reino no tendrá fin.
1:34 Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo
será esto? pues no conozco varón.
1:35 Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu
Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te
cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo
Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.
1:36 Y he aquí tu parienta Elisabet, ella también
ha concebido hijo en su vejez; y este es el sexto mes para ella,
la que llamaban estéril;
1:37 porque nada hay imposible para Dios.
1:38 Entonces María dijo: He aquí la sierva del
Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra. Y el
ángel se fue de su presencia.
María visita a Elisabet
1:39 En aquellos días, levantándose María,
fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá;
1:40 y entró en casa de Zacarías, y saludó
a Elisabet.
1:41 Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación
de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet
fue llena del Espíritu Santo,
1:42 y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre
las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.
1:43 ¿Por qué se me concede esto a mí, que
la madre de mi Señor venga a mí?
1:44 Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación
a mis oídos, la criatura saltó de alegría
en mi vientre.
1:45 Y bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá
lo que le fue dicho de parte del Señor.
1:46 Entonces María dijo:
Engrandece mi alma al Señor;
1:47 Y mi espíritu se regocija en Dios mi
Salvador.
1:48 Porque ha mirado la bajeza de su sierva;
Pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada
todas las generaciones.
1:49 Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso;
Santo es su nombre,
1:50 Y su misericordia es de generación
en generación
A los que le temen.
1:51 Hizo proezas con su brazo;
Esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones.
1:52 Quitó de los tronos a los poderosos,
Y exaltó a los humildes.
1:53 A los hambrientos colmó de bienes,
Y a los ricos envió vacíos.
1:54 Socorrió a Israel su siervo,
Acordándose de la misericordia
1:55 De la cual habló a nuestros padres,
Para con Abraham
y su descendencia para siempre.
1:56 Y se quedó María con ella como tres meses;
después se volvió a su casa.
Nacimiento de Juan el Bautista
1:57 Cuando a Elisabet se le cumplió el tiempo de su alumbramiento,
dio a luz un hijo.
1:58 Y cuando oyeron los vecinos y los parientes que Dios había
engrandecido para con ella su misericordia, se regocijaron con
ella.
1:59 Aconteció que al octavo día vinieron para circuncidar
al niño;
y le llamaban con el nombre de su padre, Zacarías;
1:60 pero respondiendo su madre, dijo: No; se llamará Juan.
1:61 Le dijeron: ¿Por qué? No hay nadie en tu parentela
que se llame con ese nombre.
1:62 Entonces preguntaron por señas a su padre, cómo
le quería llamar.
1:63 Y pidiendo una tablilla, escribió, diciendo: Juan
es su nombre. Y todos se maravillaron.
1:64 Al momento fue abierta su boca y suelta su lengua, y habló
bendiciendo a Dios.
1:65 Y se llenaron de temor todos sus vecinos; y en todas las
montañas de Judea se divulgaron todas estas cosas.
1:66 Y todos los que las oían las guardaban en su corazón,
diciendo: ¿Quién, pues, será este niño?
Y la mano del Señor estaba con él.
Profecía de Zacarías
1:67 Y Zacarías su padre fue lleno del Espíritu
Santo, y profetizó, diciendo:
1:68 Bendito el Señor Dios de Israel,
Que ha visitado y redimido a su pueblo,
1:69 Y nos levantó un poderoso Salvador
En la casa de David su siervo,
1:70 Como habló por boca de sus santos profetas
que fueron desde el principio;
1:71 Salvación de nuestros enemigos, y de
la mano de todos los que nos aborrecieron;
1:72 Para hacer misericordia con nuestros padres,
Y acordarse de su santo pacto;
1:73 Del juramento que hizo a Abraham nuestro padre,
Que nos había de conceder
1:74 Que, librados de nuestros enemigos,
Sin temor le serviríamos
1:75 En santidad y en justicia delante de él,
todos nuestros días.
1:76 Y tú, niño, profeta del Altísimo
serás llamado;
Porque irás delante de la presencia del Señor,
para preparar sus caminos;
1:77 Para dar conocimiento de salvación
a su pueblo,
Para perdón de sus pecados,
1:78 Por la entrañable misericordia de nuestro
Dios,
Con que nos visitó desde lo alto la aurora,
1:79 Para dar luz a los que habitan en tinieblas
y en sombra de muerte;
Para encaminar nuestros pies por camino de paz.
1:80 Y el niño crecía, y se fortalecía en
espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día
de su manifestación a Israel.
Capítulo 2
Nacimiento de Jesús
(Mt. 1.18-25)
2:1 Aconteció en aquellos días, que se promulgó
un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese
empadronado.
2:2 Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria.
2:3 E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad.
2:4 Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret,
a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto
era de la casa y familia de David;
2:5 para ser empadronado con María su mujer, desposada con
él, la cual estaba encinta.
2:6 Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron
los días de su alumbramiento.
2:7 Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió
en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había
lugar para ellos en el mesón.
Los ángeles y los pastores
2:8 Había pastores en la misma región, que velaban
y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño.
2:9 Y he aquí, se les presentó un ángel del
Señor, y la gloria del Señor los rodeó de
resplandor; y tuvieron gran temor.
2:10 Pero el ángel les dijo: No temáis; porque he
aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo
el pueblo:
2:11 que os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador,
que es CRISTO el Señor.
2:12 Esto os servirá de señal: Hallaréis
al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre.
2:13 Y repentinamente apareció con el ángel una
multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios, y decían:
2:14 ¡Gloria a Dios en las alturas,
Y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!
2:15 Sucedió que cuando los ángeles su fueron de
ellos al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Pasemos,
pues, hasta Belén, y veamos esto que ha sucedido, y que
el Señor nos ha manifestado.
2:16 Vinieron, pues, apresuradamente, y hallaron a María
y a José, y al niño acostado en el pesebre.
2:17 Y al verlo, dieron a conocer lo que se les había dicho
acerca del niño.
2:18 Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores
les decían.
2:19 Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas
en su corazón.
2:20 Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por
todas las cosas que habían oído y visto, como se
les había dicho.
Presentación de Jesús en el templo
2:21 Cumplidos los ocho días para circuncidar al niño,
le pusieron por nombre JESÚS, el cual le había sido
puesto por el ángel
antes que fuese concebido.
2:22 Y cuando se cumplieron los días de la purificación
de ellos, conforme a la ley de Moisés, le trajeron a Jerusalén
para presentarle al Señor
2:23 (como está escrito en la ley del Señor: Todo
varón que abriere la matriz será llamado santo al
Señor),
2:24 y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor:
Un par de tórtolas, o dos palominos.
2:25 Y he aquí había en Jerusalén un hombre
llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba
la consolación de Israel; y el Espíritu Santo estaba
sobre él.
2:26 Y le había sido revelado por el Espíritu Santo,
que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor.
2:27 Y movido por el Espíritu, vino al templo. Y cuando
los padres del niño Jesús lo trajeron al templo,
para hacer por él conforme al rito de la ley,
2:28 él le tomó en sus brazos, y bendijo a Dios,
diciendo:
2:29 Ahora, Señor, despides a tu siervo
en paz,
Conforme a tu palabra;
2:30 Porque han visto mis ojos tu salvación,
2:31 La cual has preparado en presencia de todos
los pueblos;
2:32 Luz para revelación a los gentiles,
Y gloria de tu pueblo Israel.
2:33 Y José y su madre estaban maravillados de todo lo
que se decía de él.
2:34 Y los bendijo Simeón, y dijo a su madre María:
He aquí, éste está puesto para caída
y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal
que será contradicha
2:35 (y una espada traspasará tu misma alma), para que
sean revelados los pensamientos de muchos corazones.
2:36 Estaba también allí Ana, profetisa, hija de
Fanuel, de la tribu de Aser, de edad muy avanzada, pues había
vivido con su marido siete años desde su virginidad,
2:37 y era viuda hacía ochenta y cuatro años; y
no se apartaba del templo, sirviendo de noche y de día
con ayunos y oraciones.
2:38 Esta, presentándose en la misma hora, daba gracias
a Dios, y hablaba del niño a todos los que esperaban la
redención en Jerusalén.
El regreso a Nazaret
2:39 Después de haber cumplido con todo lo prescrito en
la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
2:40 Y el niño crecía y se fortalecía, y
se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre
él.
El niño Jesús en el templo
2:41 Iban sus padres todos los años a Jerusalén
en la fiesta de la pascua;
2:42 y cuando tuvo doce años, subieron a Jerusalén
conforme a la costumbre de la fiesta.
2:43 Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el
niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen
José y su madre.
2:44 Y pensando que estaba entre la compañía, anduvieron
camino de un día; y le buscaban entre los parientes y los
conocidos;
2:45 pero como no le hallaron, volvieron a Jerusalén buscándole.
2:46 Y aconteció que tres días después le
hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores de la
ley, oyéndoles y preguntándoles.
2:47 Y todos los que le oían, se maravillaban de su inteligencia
y de sus respuestas.
2:48 Cuando le vieron, se sorprendieron; y le dijo su madre: Hijo,
¿por qué nos has hecho así? He aquí,
tu padre y yo te hemos buscado con angustia.
2:49 Entonces él les dijo: ¿Por
qué me buscabais? ¿No sabíais que en los
negocios de mi Padre me es necesario estar?
2:50 Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.
2:51 Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret,
y estaba sujeto a ellos. Y su madre guardaba todas estas cosas
en su corazón.
2:52 Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura,
y en gracia para con Dios y los hombres.
Capítulo 3
Predicación de Juan el Bautista
(Mt. 3.1-12; Mr.
1.1-8; Jn. 1.19-28)
3:1 En el año decimoquinto del imperio de Tiberio César,
siendo gobernador de Judea Poncio Pilato, y Herodes tetrarca de
Galilea, y su hermano Felipe tetrarca de Iturea y de la provincia
de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia,
3:2 y siendo sumos sacerdotes Anás y Caifás, vino
palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.
3:3 Y él fue por toda la región contigua al Jordán,
predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de
pecados,
3:4 como está escrito en el libro de las palabras del profeta
Isaías, que dice:
Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor;
Enderezad sus sendas.
3:5 Todo valle se rellenará,
Y se bajará todo monte y collado;
Los caminos torcidos serán enderezados,
Y los caminos ásperos allanados;
3:6 Y verá toda carne la salvación
de Dios.
3:7 Y decía a las multitudes que salían para ser bautizadas
por él: ¡Oh generación de víboras!
¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera?
3:8 Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no comencéis
a decir dentro de vosotros mismos: Tenemos a Abraham por padre;
porque os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas
piedras.
3:9 Y ya también el hacha está puesta a la raíz
de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen
fruto se corta y se echa en el fuego.
3:10 Y la gente le preguntaba, diciendo: Entonces, ¿qué
haremos?
3:11 Y respondiendo, les dijo: El que tiene dos túnicas,
dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga
lo mismo.
3:12 Vinieron también unos publicanos para ser bautizados,
y le dijeron: Maestro, ¿qué haremos?
3:13 El les dijo: No exijáis más de lo que os está
ordenado.
3:14 También le preguntaron unos soldados, diciendo: Y nosotros,
¿qué haremos? Y les dijo: No hagáis extorsión
a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario.
3:15 Como el pueblo estaba en expectativa, preguntándose
todos en sus corazones si acaso Juan sería el Cristo,
3:16 respondió Juan, diciendo a todos: Yo a la verdad os
bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien
no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará
en Espíritu Santo y fuego.
3:17 Su aventador está en su mano, y limpiará su era,
y recogerá el trigo en su granero, y quemará la paja
en fuego que nunca se apagará.
3:18 Con estas y otras muchas exhortaciones anunciaba las buenas
nuevas al pueblo.
3:19 Entonces Herodes el tetrarca, siendo reprendido por Juan a
causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano, y de todas
las maldades que Herodes había hecho,
3:20 sobre todas ellas, añadió además esta:
encerró a Juan en la cárcel.
El bautismo de Jesús
(Mt. 3.13-17; Mr.
1.9-11)
3:21 Aconteció que cuando todo el pueblo se bautizaba,
también Jesús fue bautizado; y orando, el cielo
se abrió,
3:22 y descendió el Espíritu Santo sobre él
en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía:
Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia.   
Genealogía de Jesús
(Mt. 1.1-17)
3:23 Jesús mismo al comenzar su ministerio era como de
treinta años, hijo, según se creía, de José,
hijo de Elí,
3:24 hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Melqui, hijo
de Jana, hijo de José,
3:25 hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Nahum,
hijo de Esli, hijo de Nagai,
3:26 hijo de Maat, hijo de Matatías, hijo de Semei, hijo
de José, hijo de Judá,
3:27 hijo de Joana, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Salatiel,
hijo de Neri,
3:28 hijo de Melqui, hijo de Adi, hijo de Cosam, hijo de Elmodam,
hijo de Er,
3:29 hijo de Josué, hijo de Eliezer, hijo de Jorim, hijo
de Matat,
3:30 hijo de Leví, hijo de Simeón, hijo de Judá,
hijo de José, hijo de Jonán, hijo de Eliaquim,
3:31 hijo de Melea, hijo de Mainán, hijo de Matata, hijo
de Natán,
3:32 hijo de David, hijo de Isaí, hijo de Obed, hijo de
Booz, hijo de Salmón, hijo de Naasón,
3:33 hijo de Aminadab, hijo de Aram, hijo de Esrom, hijo de Fares,
hijo de Judá,
3:34 hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Taré,
hijo de Nacor,
3:35 hijo de Serug, hijo de Ragau, hijo de Peleg, hijo de Heber,
hijo de Sala,
3:36 hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo
de Noé, hijo de Lamec,
3:37 hijo de Matusalén, hijo de Enoc, hijo de Jared, hijo
de Mahalaleel, hijo de Cainán,
3:38 hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo
de Dios.
Capítulo 4
Tentación de Jesús
(Mt. 4.1-11; Mr.
1.12-13)
4:1 Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió
del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto
4:2 por cuarenta días, y era tentado por el diablo. Y no
comió nada en aquellos días, pasados los cuales, tuvo
hambre.
4:3 Entonces el diablo le dijo: Si eres Hijo de Dios, dí
a esta piedra que se convierta en pan.
4:4 Jesús, respondiéndole, dijo: Escrito
está: No sólo de pan vivirá el hombre,
sino de toda palabra de Dios.
4:5 Y le llevó el diablo a un alto monte, y le mostró
en un momento todos los reinos de la tierra.
4:6 Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad,
y la gloria de ellos; porque a mí me ha sido entregada, y
a quien quiero la doy.
4:7 Si tú postrado me adorares, todos serán tuyos.
4:8 Respondiendo Jesús, le dijo: Vete
de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor
tu Dios adorarás, y a él solo servirás.
4:9 Y le llevó a Jerusalén, y le puso sobre el pináculo
del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí
abajo;
4:10 porque escrito está:
A sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden;
4:11 y, En las manos te sostendrán,
Para que no tropieces con tu pie en piedra.
4:12 Respondiendo Jesús, le dijo: Dicho
está: No tentarás al Señor tu Dios.
4:13 Y cuando el diablo hubo acabado toda tentación, se apartó
de él por un tiempo.
Jesús principia su ministerio
(Mt. 4.12-17; Mr.
1.14-15)
4:14 Y Jesús volvió en el poder del Espíritu
a Galilea, y se difundió su fama por toda la tierra de
alrededor.
4:15 Y enseñaba en las sinagogas de ellos, y era glorificado
por todos.
Jesús en Nazaret
(Mt. 13.53-58; Mr.
6.1-6)
4:16 Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día
de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre,
y se levantó a leer.
4:17 Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo
abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito:
4:18 El Espíritu del
Señor está sobre mí,
Por cuanto me ha ungido para dar buenas
nuevas a los pobres;
Me ha enviado a sanar a los quebrantados
de corazón;
A pregonar libertad a los cautivos,
Y vista a los ciegos;
A poner en libertad a los oprimidos;
4:19 A predicar el año agradable
del Señor.
4:20 Y enrollando el libro, lo dio al ministro, y se sentó;
y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él.
4:21 Y comenzó a decirles: Hoy se
ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.
4:22 Y todos daban buen testimonio de él, y estaban maravillados
de las palabras de gracia que salían de su boca, y decían:
¿No es éste el hijo de José?
4:23 El les dijo: Sin duda me diréis
este refrán: Médico, cúrate a ti mismo; de
tantas cosas que hemos oído que se han hecho en Capernaum,
haz también aquí en tu tierra.
4:24 Y añadió: De cierto os
digo, que ningún profeta es acepto en su propia tierra.
4:25 Y en verdad os digo que muchas viudas
había en Israel en los días de Elías, cuando
el cielo fue cerrado por tres años y seis meses, y hubo
una gran hambre en toda la tierra;
4:26 pero a ninguna de ellas fue enviado
Elías, sino a una mujer viuda en Sarepta de Sidón.
4:27 Y muchos leprosos había en Israel
en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado,
sino Naamán el sirio.
4:28 Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron
de ira;
4:29 y levantándose, le echaron fuera de la ciudad, y le
llevaron hasta la cumbre del monte sobre el cual estaba edificada
la ciudad de ellos, para despeñarle.
4:30 Mas él pasó por en medio de ellos, y se fue.
Un hombre que tenía un espíritu inmundo
(Mr. 1.21-28)
4:31 Descendió Jesús a Capernaum, ciudad de Galilea;
y les enseñaba en los días de reposo.
4:32 Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con
autoridad.
4:33 Estaba en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu
de demonio inmundo, el cual exclamó a gran voz,
4:34 diciendo: Déjanos; ¿qué tienes con nosotros,
Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Yo
te conozco quién eres, el Santo de Dios.
4:35 Y Jesús le reprendió, diciendo: Cállate,
y sal de él. Entonces
el demonio, derribándole en medio de ellos, salió
de él, y no le hizo daño alguno.
4:36 Y estaban todos maravillados, y hablaban unos a otros, diciendo:
¿Qué palabra es esta, que con autoridad y poder
manda a los espíritus inmundos, y salen?
4:37 Y su fama se difundía por todos los lugares de los
contornos.
Jesús sana a la suegra de Pedro
(Mt. 8.14-15; Mr.
1.29-31)
4:38 Entonces Jesús se levantó y salió de
la sinagoga, y entró en casa de Simón. La suegra
de Simón tenía una gran fiebre; y le rogaron por
ella.
4:39 E inclinándose hacia ella, reprendió a la fiebre;
y la fiebre la dejó, y levantándose ella al instante,
les servía.
Muchos sanados al ponerse el sol
(Mt. 8.16-17; Mr.
1.32-34)
4:40 Al ponerse el sol, todos los que tenían enfermos
de diversas enfermedades los traían a él; y él,
poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los sanaba.
4:41 También salían demonios de muchos, dando voces
y diciendo: Tú eres el Hijo de Dios. Pero él los
reprendía y no les dejaba hablar, porque sabían
que él era el Cristo.
Jesús recorre Galilea predicando
(Mr. 1.35-39)
4:42 Cuando ya era de día, salió y se fue a un
lugar desierto; y la gente le buscaba, y llegando a donde estaba,
le detenían para que no se fuera de ellos.
4:43 Pero él les dijo: Es necesario
que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino
de Dios; porque para esto he sido enviado.
4:44 Y predicaba en las sinagogas de Galilea.
Capítulo 5
La pesca milagrosa
(Mt. 4.18-22; Mr.
1.16-20)
5:1 Aconteció que estando Jesús junto al lago de Genesaret,
el gentío se agolpaba sobre él para oír la
palabra de Dios.
5:2 Y vio dos barcas que estaban cerca de la orilla del lago; y
los pescadores, habiendo descendido de ellas, lavaban sus redes.
5:3 Y entrando en una de aquellas barcas, la cual era de Simón,
le rogó que la apartase de tierra un poco; y sentándose,
enseñaba desde la barca a la multitud. 
5:4 Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Boga
mar adentro, y echad vuestras redes para pescar.
5:5 Respondiendo Simón, le dijo: Maestro, toda la noche hemos
estado trabajando, y nada hemos pescado;
mas en tu palabra echaré la red.
5:6 Y habiéndolo hecho, encerraron gran cantidad de peces,
y su red se rompía.
5:7 Entonces hicieron señas a los compañeros que estaban
en la otra barca, para que viniesen a ayudarles; y vinieron, y llenaron
ambas barcas, de tal manera que se hundían.
5:8 Viendo esto Simón Pedro, cayó de rodillas ante
Jesús, diciendo: Apártate de mí, Señor,
porque soy hombre pecador.
5:9 Porque por la pesca que habían hecho, el temor se había
apoderado de él, y de todos los que estaban con él,
5:10 y asimismo de Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros
de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: No
temas; desde ahora serás pescador de hombres.
5:11 Y cuando trajeron a tierra las barcas, dejándolo todo,
le siguieron.
Jesús sana a un leproso
(Mt. 8.1-4; Mr.
1.40-45)
5:12 Sucedió que estando él en una de las ciudades,
se presentó un hombre lleno de lepra, el cual, viendo a
Jesús, se postró con el rostro en tierra y le rogó,
diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
5:13 Entonces, extendiendo él la mano, le tocó,
diciendo: Quiero; sé limpio.
Y al instante la lepra se fue de él.
5:14 Y él le mandó que no lo dijese a nadie; sino
ve, le dijo, muéstrate al
sacerdote, y ofrece por tu purificación, según mandó
Moisés,
para testimonio a ellos.
5:15 Pero su fama se extendía más y más;
y se reunía mucha gente para oírle, y para que les
sanase de sus enfermedades.
5:16 Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba.
Jesús sana a un paralítico
(Mt. 9.1-8; Mr.
2.1-12)
5:17 Aconteció un día, que él estaba enseñando,
y estaban sentados los fariseos y doctores de la ley, los cuales
habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea
y Jerusalén; y el poder del Señor estaba con él
para sanar.
5:18 Y sucedió que unos hombres que traían en un
lecho a un hombre que estaba paralítico, procuraban llevarle
adentro y ponerle delante de él.
5:19 Pero no hallando cómo hacerlo a causa de la multitud,
subieron encima de la casa, y por el tejado le bajaron con el
lecho, poniéndole en medio, delante de Jesús.
5:20 Al ver él la fe de ellos, le dijo: Hombre,
tus pecados te son perdonados.
5:21 Entonces los escribas y los fariseos comenzaron a cavilar,
diciendo: ¿Quién es éste que habla blasfemias?
¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?
5:22 Jesús entonces, conociendo los pensamientos de ellos,
respondiendo les dijo: ¿Qué
caviláis en vuestros corazones?
5:23 ¿Qué es más fácil,
decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate
y anda?
5:24 Pues para que sepáis que el
Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados(dijo
al paralítico):A ti te digo:
Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa.
5:25 Al instante, levantándose en presencia de ellos, y
tomando el lecho en que estaba acostado, se fue a su casa, glorificando
a Dios.
5:26 Y todos, sobrecogidos de asombro, glorificaban a Dios; y
llenos de temor, decían: Hoy hemos visto maravillas.
Llamamiento de Leví
(Mt. 9.9-13; Mr.
2.13-17)
5:27 Después de estas cosas salió, y vio a un publicano
llamado Leví, sentado al banco de los tributos públicos,
y le dijo: Sígueme.
5:28 Y dejándolo todo, se levantó y le siguió.
5:29 Y Leví le hizo gran banquete en su casa; y había
mucha compañía de publicanos y de otros que estaban
a la mesa con ellos.
5:30 Y los escribas y los fariseos murmuraban contra los discípulos,
diciendo: ¿Por qué coméis y bebéis
con publicanos y pecadores?
5:31 Respondiendo Jesús, les dijo:
Los que están sanos no tienen necesidad de médico,
sino los enfermos.
5:32 No he venido a llamar a justos, sino
a pecadores al arrepentimiento.
La pregunta sobre el ayuno
(Mt. 9.14-17; Mr.
2.18-22)
5:33 Entonces ellos le dijeron: ¿Por qué los discípulos
de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los
de los fariseos, pero los tuyos comen y beben?
5:34 El les dijo: ¿Podéis
acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre tanto
que el esposo está con ellos?
5:35 Mas vendrán días cuando
el esposo les será quitado; entonces, en aquellos días
ayunarán.
5:36 Les dijo también una parábola: Nadie
corta un pedazo de un vestido nuevo y lo pone en un vestido viejo;
pues si lo hace, no solamente rompe el nuevo, sino que el remiendo
sacado de él no armoniza con el viejo.
5:37 Y nadie echa vino nuevo en odres viejos;
de otra manera, el vino nuevo romperá los odres y se derramará,
y los odres se perderán.
5:38 Mas el vino nuevo en odres nuevos se
ha de echar; y lo uno y lo otro se conservan.
5:39 Y ninguno que beba del añejo,
quiere luego el nuevo; porque dice: El añejo es mejor.
Capítulo 6
Los discípulos recogen espigas en el día
de reposo
(Mt. 12.1-8; Mr.
2.23-28)
6:1 Aconteció en un día de reposo, que pasando Jesús
por los sembrados, sus discípulos arrancaban espigas y comían,
restregándolas con las manos.
6:2 Y algunos de los fariseos les dijeron: ¿Por qué
hacéis lo que no es lícito hacer en los días
de reposo?
6:3 Respondiendo Jesús, les dijo: ¿Ni
aun esto habéis leído, lo que hizo David cuando tuvo
hambre él, y los que con él estaban;
6:4 cómo entró en la casa de
Dios, y tomó los panes de la proposición, de los cuales
no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes,
y comió, y dio también a los que estaban con él?
6:5 Y les decía: El Hijo del Hombre
es Señor aun del día de reposo.
El hombre de la mano seca
(Mt. 12.9-14; Mr.
3.1-6)
6:6 Aconteció también en otro día de reposo,
que él entró en la sinagoga y enseñaba; y
estaba allí un hombre que tenía seca la mano derecha.
6:7 Y le acechaban los escribas y los fariseos, para ver si en
el día de reposo lo sanaría, a fin de hallar de
qué acusarle.
6:8 Mas él conocía los pensamientos de ellos; y
dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate,
y ponte en medio. Y él,
levantándose, se puso en pie.
6:9 Entonces Jesús les dijo: Os
preguntaré una cosa: ¿Es lícito en día
de reposo hacer bien, o hacer mal? ¿salvar la vida, o quitarla?
6:10 Y mirándolos a todos alrededor, dijo al hombre: Extiende
tu mano. Y él lo hizo así, y su mano fue
restaurada.
6:11 Y ellos se llenaron de furor, y hablaban entre sí
qué podrían hacer contra Jesús.
Elección de los doce apóstoles
(Mt. 10.1-4; Mr.
3.13-19)
6:12 En aquellos días él fue al monte a orar, y
pasó la noche orando a Dios.
6:13 Y cuando era de día, llamó a sus discípulos,
y escogió a doce de ellos, a los cuales también
llamó apóstoles:
6:14 a Simón, a quien también llamó Pedro,
a Andrés su hermano, Jacobo y Juan, Felipe y Bartolomé,
6:15 Mateo, Tomás, Jacobo hijo de Alfeo, Simón llamado
Zelote,
6:16 Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, que llegó
a ser el traidor.
Jesús atiende a una multitud
(Mt. 4.23-25)
6:17 Y descendió con ellos, y se detuvo en un lugar llano,
en compañía de sus discípulos y de una gran
multitud de gente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa
de Tiro y de Sidón, que había venido para oírle,
y para ser sanados de sus enfermedades;
6:18 y los que habían sido atormentados de espíritus
inmundos eran sanados.
6:19 Y toda la gente procuraba tocarle, porque poder salía
de él y sanaba a todos.
Bienaventuranzas y ayes
(Mt. 5.1-12)
6:20 Y alzando los ojos hacia sus discípulos, decía:
Bienaventurados vosotros los pobres, porque
vuestro es el reino de Dios.
6:21 Bienaventurados los que ahora tenéis
hambre, porque seréis saciados. Bienaventurados los que
ahora lloráis, porque reiréis.
6:22 Bienaventurados seréis cuando
los hombres os aborrezcan, y cuando os aparten de sí, y
os vituperen, y desechen vuestro nombre como malo, por causa del
Hijo del Hombre.
6:23 Gozaos en aquel día, y alegraos,
porque he aquí vuestro galardón es grande en los
cielos; porque así hacían sus padres con los profetas.
6:24 Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque
ya tenéis vuestro consuelo.
6:25 ¡Ay de vosotros, los que ahora
estáis saciados! porque tendréis hambre. ¡Ay
de vosotros, los que ahora reís! porque lamentaréis
y lloraréis.
6:26 ¡Ay de vosotros, cuando todos
los hombres hablen bien de vosotros! porque así hacían
sus padres con los falsos profetas.
El amor hacia los enemigos, y la regla de oro
(Mt. 5.38-48; 7.12)
6:27 Pero a vosotros los que oís,
os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen;
6:28 bendecid a los que os maldicen, y orad
por los que os calumnian.
6:29 Al que te hiera en una mejilla, preséntale
también la otra; y al que te quite la capa, ni aun la túnica
le niegues.
6:30 A cualquiera que te pida, dale; y al
que tome lo que es tuyo, no pidas que te lo devuelva.
6:31 Y como queréis que hagan los
hombres con vosotros, así también haced vosotros
con ellos.
6:32 Porque si amáis a los que os
aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también
los pecadores aman a los que los aman.
6:33 Y si hacéis bien a los que os
hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque
también los pecadores hacen lo mismo.
6:34 Y si prestáis a aquellos de
quienes esperáis recibir, ¿qué mérito
tenéis? Porque también los pecadores prestan a los
pecadores, para recibir otro tanto.
6:35 Amad, pues, a vuestros enemigos, y
haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será
vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo;
porque él es benigno para con los ingratos y malos.
6:36 Sed, pues, misericordiosos, como también
vuestro Padre es misericordioso.
El juzgar a los demás
(Mt. 7.1-5)
6:37 No juzguéis, y no seréis
juzgados; no condenéis, y no seréis condenados;
perdonad, y seréis perdonados.
6:38 Dad, y se os dará; medida buena,
apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo;
porque con la misma medida con que medís, os volverán
a medir.
6:39 Y les decía una parábola: ¿Acaso
puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos
en el hoyo?
6:40 El discípulo no es superior
a su maestro;
mas todo el que fuere perfeccionado, será como su maestro.
6:41 ¿Por qué miras la paja
que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la
viga que está en tu propio ojo?
6:42 ¿O cómo puedes decir
a tu hermano: Hermano, déjame sacar la paja que está
en tu ojo, no mirando tú la viga que está en el
ojo tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu propio
ojo, y entonces verás bien para sacar la paja que está
en el ojo de tu hermano.
Por sus frutos los conoceréis
(Mt. 7.15-20)
6:43 No es buen árbol el que da
malos frutos, ni árbol malo el que da buen fruto.
6:44 Porque cada árbol se conoce
por su fruto;
pues no se cosechan higos de los espinos, ni de las zarzas se
vendimian uvas.
6:45 El hombre bueno, del buen tesoro de
su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro
de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del
corazón habla la boca.
Los dos cimientos
(Mt. 7.24-27)
6:46 ¿Por qué me llamáis,
Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?
6:47 Todo aquel que viene a mí, y
oye mis palabras y las hace, os indicaré a quién
es semejante.
6:48 Semejante es al hombre que al edificar
una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre
la roca; y cuando vino una inundación, el río dio
con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover,
porque estaba fundada sobre la roca.
6:49 Mas el que oyó y no hizo, semejante
es al hombre que edificó su casa sobre tierra, sin fundamento;
contra la cual el río dio con ímpetu, y luego cayó,
y fue grande la ruina de aquella casa.
Capítulo 7
Jesús sana al siervo de un centurión
(Mt. 8.5-13)
7:1 Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo
que le oía, entró en Capernaum.
7:2 Y el siervo de un centurión, a quien éste quería
mucho, estaba enfermo y a punto de morir.
7:3 Cuando el centurión oyó hablar de Jesús,
le envió unos ancianos de los judíos, rogándole
que viniese y sanase a su siervo.
7:4 Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud,
diciéndole: Es digno de que le concedas esto;
7:5 porque ama a nuestra nación, y nos edificó una
sinagoga.
7:6 Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos
de la casa, el centurión envió a él unos amigos,
diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno
de que entres bajo mi techo;
7:7 por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero di la
palabra, y mi siervo será sano.
7:8 Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y
tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Ve,
y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
7:9 Al oír esto, Jesús se maravilló de él,
y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os
digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe.
7:10 Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron
sano al siervo que había estado enfermo.
Jesús resucita al hijo de la viuda de Naín
7:11 Aconteció después, que él iba a la
ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de
sus discípulos, y una gran multitud.
7:12 Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí
que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su
madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente
de la ciudad.
7:13 Y cuando el Señor la vio, se compadeció de
ella, y le dijo: No llores.
7:14 Y acercándose, tocó el féretro; y los
que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven,
a ti te digo, levántate.
7:15 Entonces se incorporó el que había muerto,
y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre.
7:16 Y todos tuvieron miedo, y glorificaban a Dios, diciendo:
Un gran profeta se ha levantado entre nosotros; y: Dios ha visitado
a su pueblo.
7:17 Y se extendió la fama de él por toda Judea,
y por toda la región de alrededor.
Los mensajeros de Juan el Bautista
(Mt. 11.2-19)
7:18 Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas
estas cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos,
7:19 y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres
tú el que había de venir, o esperaremos a otro?
7:20 Cuando, pues, los hombres vinieron a él, dijeron:
Juan el Bautista nos ha enviado a ti, para preguntarte: ¿Eres
tú el que había de venir, o esperaremos a otro?
7:21 En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y
plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio
la vista.
7:22 Y respondiendo Jesús, les dijo: Id,
haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los
ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos
oyen,
los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;
7:23 y bienaventurado es aquel que no halle
tropiezo en mí.
7:24 Cuando se fueron los mensajeros de Juan, comenzó a
decir de Juan a la gente: ta¿Qué
salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida
por el viento?
7:25 Mas ¿qué salisteis a
ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He
aquí, los que tienen vestidura preciosa y viven en deleites,
en los palacios de los reyes están.
7:26 Mas ¿qué salisteis a
ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y más que
profeta.
7:27 Este es de quien está escrito:
He aquí, envío mi mensajero delante de tu faz,
El cual preparará tu camino delante de ti.
7:28 Os digo que entre los nacidos de mujeres,
no hay mayor profeta que Juan el Bautista; pero el más
pequeño en el reino de Dios es mayor que él.
7:29 Y todo el pueblo y los publicanos, cuando lo oyeron, justificaron
a Dios, bautizándose con el bautismo de Juan.
7:30 Mas los fariseos y los intérpretes de la ley desecharon
los designios de Dios respecto de sí mismos, no siendo
bautizados por Juan.
7:31 Y dijo el Señor: ¿A qué,
pues, compararé los hombres de esta generación,
y a qué son semejantes?
7:32 Semejantes son a los muchachos sentados
en la plaza, que dan voces unos a otros y dicen: Os tocamos flauta,
y no bailasteis; os endechamos, y no llorasteis.
7:33 Porque vino Juan el Bautista, que ni
comía pan ni bebía vino, y decís: Demonio
tiene.
7:34 Vino el Hijo del Hombre, que come y
bebe, y decís: Este es un hombre comilón y bebedor
de vino, amigo de publicanos y de pecadores.
7:35 Mas la sabiduría es justificada
por todos sus hijos.
Jesús en el hogar de Simón el fariseo
7:36 Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese
con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó
a la mesa.
7:37 Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber
que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un
frasco de alabastro con perfume;
7:38 y estando detrás de él a sus pies, llorando,
comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba
con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el
perfume. 
7:39 Cuando vio esto el fariseo que le había convidado,
dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería
quién y qué clase de mujer es la que le toca, que
es pecadora.
7:40 Entonces respondiendo Jesús, le dijo:Simón,
una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro.
7:41 Un acreedor tenía dos deudores:
el uno le debía quinientos denarios,
y el otro cincuenta;
7:42 y no teniendo ellos con qué
pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de
ellos le amará más?
7:43 Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien
perdonó más. Y él le dijo: Rectamente
has juzgado.
7:44 Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves
esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis
pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas,
y los ha enjugado con sus cabellos.
7:45 No me diste beso; mas ésta,
desde que entré, no ha cesado de besar mis pies.
7:46 No ungiste mi cabeza con aceite; mas
ésta ha ungido con perfume mis pies.
7:47 Por lo cual te digo que sus muchos
pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel
a quien se le perdona poco, poco ama.
7:48 Y a ella le dijo: Tus pecados te son
perdonados.
7:49 Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron
a decir entre sí: ¿Quién es éste,
que también perdona pecados?
7:50 Pero él dijo a la mujer: Tu
fe te ha salvado, vé en paz.
Capítulo 8
Mujeres que sirven a Jesús
8:1 Aconteció después, que Jesús iba por todas
las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el evangelio del
reino de Dios, y los doce con él,
8:2 y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus
malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena,
de la que habían salido siete demonios,
8:3 Juana, mujer de Chuza intendente de Herodes, y Susana, y otras
muchas que le servían de sus bienes. 
Parábola del sembrador
(Mt. 13.1-15, 18-23;
Mr. 4.1-20)
8:4 Juntándose una gran multitud, y los que de cada ciudad
venían a él, les dijo por parábola:
8:5 El sembrador salió a sembrar
su semilla; y mientras sembraba, una parte cayó junto al
camino, y fue hollada, y las aves del cielo la comieron.
8:6 Otra parte cayó sobre la piedra;
y nacida, se secó, porque no tenía humedad.
8:7 Otra parte cayó entre espinos,
y los espinos que nacieron juntamente con ella, la ahogaron.
8:8 Y otra parte cayó en buena tierra,
y nació y llevó fruto a ciento por uno. Hablando
estas cosas, decía a gran voz: El
que tiene oídos para oír, oiga.
8:9 Y sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Qué
significa esta parábola?
8:10 Y él dijo: A vosotros os es
dado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los otros
por parábolas, para que viendo no vean, y oyendo no entiendan.
8:11 Esta es, pues, la parábola:
La semilla es la palabra de Dios.
8:12 Y los de junto al camino son los que
oyen, y luego viene el diablo y quita de su corazón la
palabra, para que no crean y se salven.
8:13 Los de sobre la piedra son los que
habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos
no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el
tiempo de la prueba se apartan.
8:14 La que cayó entre espinos, éstos
son los que oyen, pero yéndose, son ahogados por los afanes
y las riquezas y los placeres de la vida, y no llevan fruto.
8:15 Mas la que cayó en buena tierra,
éstos son los que con corazón bueno y recto retienen
la palabra oída, y dan fruto con perseverancia.
Nada oculto que no haya de ser manifestado
(Mr. 4.21-25)
8:16 Nadie que enciende una luz la cubre
con una vasija, ni la pone debajo de la cama, sino que la pone
en un candelero
para que los que entran vean la luz.
8:17 Porque nada hay oculto, que no haya
de ser manifestado; ni escondido, que no haya de ser conocido,
y de salir a luz.
8:18 Mirad, pues, cómo oís;
porque a todo el que tiene, se le dará; y a todo el que
no tiene, aun lo que piensa tener se le quitará.
La madre y los hermanos de Jesús
(Mt. 12.46-50; Mr.
3.31-35)
8:19 Entonces su madre y sus hermanos vinieron a él; pero
no podían llegar hasta él por causa de la multitud.
8:20 Y se le avisó, diciendo: Tu madre y tus hermanos están
fuera y quieren verte.
8:21 El entonces respondiendo, les dijo: Mi
madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la
hacen.
Jesús calma la tempestad
(Mt. 8.23-27;Mr.
4.35-41)
8:22 Aconteció un día, que entró en una
barca con sus discípulos, y les dijo: Pasemos
al otro lado del lago. Y partieron.
8:23 Pero mientras navegaban, él se durmió. Y se
desencadenó una tempestad de viento en el lago; y se anegaban
y peligraban.
8:24 Y vinieron a él y le despertaron, diciendo: ¡Maestro,
Maestro, que perecemos! Despertando él, reprendió
al viento y a las olas; y cesaron, y se hizo bonanza.
8:25 Y les dijo: ¿Dónde está
vuestra fe? Y atemorizados, se maravillaban, y se decían
unos a otros: ¿Quién es éste, que aun a los
vientos y a las aguas manda, y le obedecen?
El endemoniado gadareno
(Mt. 8.28-34; Mr.
5.1-20)
8:26 Y arribaron a la tierra de los gadarenos, que está
en la ribera opuesta a Galilea.
8:27 Al llegar él a tierra, vino a su encuentro un hombre
de la ciudad, endemoniado desde hacía mucho tiempo; y no
vestía ropa, ni moraba en casa, sino en los sepulcros.
8:28 Este, al ver a Jesús, lanzó un gran grito,
y postrándose a sus pies exclamó a gran voz: ¿Qué
tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? Te
ruego que no me atormentes.
8:29 (Porque mandaba al espíritu inmundo que saliese del
hombre, pues hacía mucho tiempo que se había apoderado
de él; y le ataban con cadenas y grillos, pero rompiendo
las cadenas, era impelido por el demonio a los desiertos.)
8:30 Y le preguntó Jesús, diciendo: ¿Cómo
te llamas? Y él dijo: Legión. Porque muchos
demonios habían entrado en él.
8:31 Y le rogaban que no los mandase ir al abismo.
8:32 Había allí un hato de muchos cerdos que pacían
en el monte; y le rogaron que los dejase entrar en ellos; y les
dio permiso.
8:33 Y los demonios, salidos del hombre, entraron en los cerdos;
y el hato se precipitó por un despeñadero al lago,
y se ahogó.
8:34 Y los que apacentaban los cerdos, cuando vieron lo que había
acontecido, huyeron, y yendo dieron aviso en la ciudad y por los
campos.
8:35 Y salieron a ver lo que había sucedido; y vinieron
a Jesús, y hallaron al hombre de quien habían salido
los demonios, sentado a los pies de Jesús, vestido, y en
su cabal juicio; y tuvieron miedo.
8:36 Y los que lo habían visto, les contaron cómo
había sido salvado el endemoniado.
8:37 Entonces toda la multitud de la región alrededor de
los gadarenos le rogó que se marchase de ellos, pues tenían
gran temor. Y Jesús, entrando en la barca, se volvió.
8:38 Y el hombre de quien habían salido los demonios le
rogaba que le dejase estar con él; pero Jesús le
despidió, diciendo:
8:39 Vuélvete a tu casa, y cuenta
cuán grandes cosas ha hecho Dios contigo. Y él
se fue, publicando por toda la ciudad cuán grandes cosas
había hecho Jesús con él.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
(Mt. 9.18-26; Mr.
5.21-43)
8:40 Cuando volvió Jesús, le recibió la
multitud con gozo; porque todos le esperaban.
8:41 Entonces vino un varón llamado Jairo, que era principal
de la sinagoga, y postrándose a los pies de Jesús,
le rogaba que entrase en su casa;
8:42 porque tenía una hija única, como de doce años,
que se estaba muriendo. Y mientras iba, la multitud le oprimía.
8:43 Pero una mujer que padecía de flujo de sangre desde
hacía doce años, y que había gastado en médicos
todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser
curada,
8:44 se le acercó por detrás y tocó el borde
de su manto; y al instante se detuvo el flujo de su sangre.
8:45 Entonces Jesús dijo: ¿Quién
es el que me ha tocado? Y negando todos, dijo Pedro y los
que con él estaban: Maestro, la multitud te aprieta y oprime,
y dices: ¿Quién es el que me ha tocado?
8:46 Pero Jesús dijo: Alguien me
ha tocado; porque yo he conocido que ha salido poder de mí.
8:47 Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado
oculta, vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró
delante de todo el pueblo por qué causa le había
tocado, y cómo al instante había sido sanada.
8:48 Y él le dijo: Hija, tu fe te
ha salvado; ve en paz.
8:49 Estaba hablando aún, cuando vino uno de casa del principal
de la sinagoga a decirle: Tu hija ha muerto; no molestes más
al Maestro.
8:50 Oyéndolo Jesús, le respondió: No
temas; cree solamente, y será salva.
8:51 Entrando en la casa, no dejó entrar a nadie consigo,
sino a Pedro, a Jacobo, a Juan, y al padre y a la madre de la
niña.
8:52 Y lloraban todos y hacían lamentación por ella.
Pero él dijo: No lloréis;
no está muerta, sino que duerme.
8:53 Y se burlaban de él, sabiendo que estaba muerta.
8:54 Mas él, tomándola de la mano, clamó
diciendo: Muchacha, levántate.
8:55 Entonces su espíritu volvió, e inmediatamente
se levantó; y él mandó que se le diese de
comer.
8:56 Y sus padres estaban atónitos; pero Jesús les
mandó que a nadie dijesen lo que había sucedido.
Capítulo 9
Misión de los doce discípulos
(Mt. 10.5-15; Mr.
6.7-13)
9:1 Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder
y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades.
9:2 Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a
los enfermos.
9:3 Y les dijo: No
toméis nada para el camino, ni bordón, ni alforja,
ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas.
9:4 Y en cualquier casa donde entréis,
quedad allí, y de allí salid.
9:5 Y dondequiera que no os recibieren, salid
de aquella ciudad, y sacudid el polvo de vuestros pies en testimonio
contra ellos.
9:6 Y saliendo, pasaban por todas las aldeas, anunciando el evangelio
y sanando por todas partes.
Muerte de Juan el Bautista
(Mt. 14.1-12; Mr.
6.14-29)
9:7 Herodes el tetrarca oyó de todas las cosas que hacía
Jesús; y estaba perplejo, porque decían algunos:
Juan ha resucitado de los muertos;
9:8 otros: Elías ha aparecido; y otros: Algún profeta
de los antiguos ha resucitado. 
9:9 Y dijo Herodes: A Juan yo le hice decapitar; ¿quién,
pues, es éste, de quien oigo tales cosas? Y procuraba verle.
Alimentación de los cinco mil
(Mt. 14.13-21; Mr.
6.30-44; Jn. 6.1-14)
9:10 Vueltos los apóstoles, le contaron todo lo que habían
hecho. Y tomándolos, se retiró aparte, a un lugar
desierto de la ciudad llamada Betsaida.
9:11 Y cuando la gente lo supo, le siguió; y él
les recibió, y les hablaba del reino de Dios, y sanaba
a los que necesitaban ser curados.
9:12 Pero el día comenzaba a declinar; y acercándose
los doce, le dijeron: Despide a la gente, para que vayan a las
aldeas y campos de alrededor, y se alojen y encuentren alimentos;
porque aquí estamos en lugar desierto.
9:13 El les dijo: Dadles vosotros de comer.
Y dijeron ellos: No tenemos más que cinco panes y dos pescados,
a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta
multitud.
9:14 Y eran como cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos:
Hacedlos sentar en grupos, de cincuenta
en cincuenta.
9:15 Así lo hicieron, haciéndolos sentar a todos.
9:16 Y tomando los cinco panes y los dos pescados, levantando
los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y dio a sus
discípulos para que los pusiesen delante de la gente.
9:17 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que les
sobró, doce cestas de pedazos.
La confesión de Pedro
(Mt. 16.13-20; Mr.
8.27-30)
9:18 Aconteció que mientras Jesús oraba aparte,
estaban con él los discípulos; y les preguntó,
diciendo: ¿Quién dice la gente
que soy yo?
9:19 Ellos respondieron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías;
y otros, que algún profeta de los antiguos ha resucitado. 
9:20 El les dijo: ¿Y
vosotros, quién decís que soy? Entonces respondiendo
Pedro, dijo: El Cristo de Dios.
Jesús anuncia su muerte
(Mt. 16.21-28;
Mr. 8.31E.1)
9:21 Pero él les mandó que a nadie dijesen esto,
encargándoselo rigurosamente,
9:22 y diciendo: Es necesario que el Hijo
del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos,
por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto,
y resucite al tercer día.
9:23 Y decía a todos: Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo,
tome su cruz cada día, y sígame.
9:24 Porque todo el que quiera salvar su
vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa
de mí, éste la salvará. 
9:25 Pues ¿qué aprovecha al
hombre, si gana todo el mundo, y se destruye o se pierde a sí
mismo?
9:26 Porque el que se avergonzare de mí
y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo
del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de
los santos ángeles.
9:27 Pero os digo en verdad, que hay algunos
de los que están aquí, que no gustarán la
muerte hasta que vean el reino de Dios.
La transfiguración
(Mt. 17.1-8; Mr.
9.2-8)
9:28 Aconteció como ocho días después de
estas palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y
subió al monte a orar.
9:29 Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo
otra, y su vestido blanco y resplandeciente.
9:30 Y he aquí dos varones que hablaban con él,
los cuales eran Moisés y Elías;
9:31 quienes aparecieron rodeados de gloria, y hablaban de su
partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén.
9:32 Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos
de sueño; mas permaneciendo despiertos, vieron la gloria
de Jesús, y a los dos varones que estaban con él.
9:33 Y sucedió que apartándose ellos de él,
Pedro dijo a Jesús: Maestro, bueno es para nosotros que
estemos aquí; y hagamos tres enramadas, una para ti, una
para Moisés, y una para Elías; no sabiendo lo que
decía.
9:34 Mientras él decía esto, vino una nube que los
cubrió; y tuvieron temor al entrar en la nube.
9:35 Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi
Hijo amado;   
a él oíd.
9:36 Y cuando cesó la voz, Jesús fue hallado solo;
y ellos callaron, y por aquellos días no dijeron nada a
nadie de lo que habían visto.
Jesús sana a un muchacho endemoniado
(Mt. 17.14-21; Mr.
9.14-29)
9:37 Al día siguiente, cuando descendieron del monte,
una gran multitud les salió al encuentro.
9:38 Y he aquí, un hombre de la multitud clamó diciendo:
Maestro, te ruego que veas a mi hijo, pues es el único
que tengo;
9:39 y sucede que un espíritu le toma, y de repente da
voces, y le sacude con violencia, y le hace echar espuma, y estropeándole,
a duras penas se aparta de él.
9:40 Y rogué a tus discípulos que le echasen fuera,
y no pudieron.
9:41 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh
generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo
he de estar con vosotros, y os he de soportar? Trae acá
a tu hijo.
9:42 Y mientras se acercaba el muchacho, el demonio le derribó
y le sacudió con violencia; pero Jesús reprendió
al espíritu inmundo, y sanó al muchacho, y se lo
devolvió a su padre.
9:43 Y todos se admiraban de la grandeza de Dios.
Jesús anuncia otra vez su muerte
(Mt. 17.22-23; Mr.
9.30-32)
Y maravillándose todos de todas las cosas que hacía,
dijo a sus discípulos:
9:44 Haced que os penetren bien en los oídos
estas palabras; porque acontecerá que el Hijo del Hombre
será entregado en manos de hombres.
9:45 Mas ellos no entendían estas palabras, pues les estaban
veladas para que no las entendiesen; y temían preguntarle
sobre esas palabras.
¿Quién es el mayor?
(Mt. 18.1-5; Mr.
9.33-37)
9:46 Entonces entraron en discusión sobre quién
de ellos sería el mayor.
9:47 Y Jesús, percibiendo los pensamientos de sus corazones,
tomó a un niño y lo puso junto a sí,
9:48 y les dijo: Cualquiera que reciba a
este niño en mi nombre, a mí me recibe; y cualquiera
que me recibe a mí, recibe al que me envió; 
porque el que es más pequeño entre todos vosotros,
ése es el más grande.
El que no es contra nosotros, por nosotros es
(Mr. 9.38-40)
9:49 Entonces respondiendo Juan, dijo: Maestro, hemos visto a
uno que echaba fuera demonios en tu nombre; y se lo prohibimos,
porque no sigue con nosotros.
9:50 Jesús le dijo: No se lo prohibáis;
porque el que no es contra nosotros, por nosotros es.
Jesús reprende a Jacobo y a Juan
9:51 Cuando se cumplió el tiempo en que él había
de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.
9:52 Y envió mensajeros delante de él, los cuales
fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle
preparativos.
9:53 Mas no le recibieron, porque su aspecto era como de ir a
Jerusalén.
9:54 Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron:
Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego
del cielo, como hizo Elías, y los consuma?
9:55 Entonces volviéndose él, los reprendió,
diciendo: Vosotros no sabéis de qué
espíritu sois;
9:56 porque el Hijo del Hombre no ha venido
para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas.
Y se fueron a otra aldea.
Los que querían seguir a Jesús
(Mt. 8.18-22)
9:57 Yendo ellos, uno le dijo en el camino: Señor, te
seguiré adondequiera que vayas.
9:58 Y le dijo Jesús: Las zorras
tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del
Hombre no tiene dónde recostar la cabeza.
9:59 Y dijo a otro: Sígueme.
El le dijo: Señor, déjame que primero vaya y entierre
a mi padre.
9:60 Jesús le dijo: Deja que los muertos entierren a sus
muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios.
9:61 Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor;
pero déjame que me despida primero de los que están
en mi casa.
9:62 Y Jesús le dijo: Ninguno que
poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto
para el reino de Dios.
Capítulo 10
Misión de los setenta
10:1 Después de estas cosas, designó el Señor
también a otros setenta, a quienes envió de dos en
dos delante de él a toda ciudad y lugar adonde él
había de ir.
10:2 Y les decía: La mies a la verdad
es mucha, mas los obreros pocos; por tanto, rogad al Señor
de la mies que envíe obreros a su mies.
10:3 Id; he aquí yo os envío
como corderos en medio de lobos.
10:4 No llevéis bolsa, ni alforja,
ni calzado; y a nadie saludéis por el camino.
10:5 En cualquier casa donde entréis,
primeramente decid: Paz sea a esta casa.
10:6 Y si hubiere allí algún
hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no,
se volverá a vosotros.
10:7 Y posad en aquella misma casa, comiendo
y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario.
No os paséis de casa en casa.
10:8 En cualquier ciudad donde entréis,
y os reciban, comed lo que os pongan delante;
10:9 y sanad a los enfermos que en ella haya,
y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de Dios.
10:10 Mas en cualquier ciudad donde entréis,
y no os reciban, saliendo por sus calles, decid:
10:11 Aun el polvo de vuestra ciudad, que
se ha pegado a nuestros pies, lo sacudimos contra vosotros.
Pero esto sabed, que el reino de Dios se ha acercado a vosotros.![]() |